Tiempos difíciles para ser esposo, novio, hijo, hermano, tío, sobrino, abuelo. Y tiempos violentos y plagados de miedo para ser padre de nenas, de adolescentes, de mujeres. No importa la edad. Y tampoco debería importar el sexo. Pero sí, tiene que ver. Porque resulta que hay quienes se agarran de allí para canalizar un nivel de agresividad que supera cualquier límite; que va más allá de una discusión pasajera. Son asesinos. Y su placer es, justamente, matar a quienes consideran inferior. Entienden que las mujeres son el sexo débil. Y lejos de buscar convertirse en sus defensores, decidieron eliminarlas.
Los femicidios no están vinculados de manera directa con los delitos que le dan forma al concepto de inseguridad. Asaltos, tráfico de drogas, homicidios en ocasión de robo y cuanta figura del Código Penal implique una manifestación con el pedido de “justicia, justicia”. En todo caso, son esos hechos los más fáciles de prevenir. Basta con tener un plan de política criminal más o menos pensado y ejecutarlo desde diferentes ámbitos.
Pero el crimen de una mujer no se puede anticipar. Es casi imposible romper ese cerco de violencia que se da en la intimidad de una pareja. Sólo la víctima puede hacerlo con una denuncia luego de sufrir una agresión; siempre y cuando viva para contarlo.
No es casual que en las escuelas primarias, los chicos desde los primeros grados, tengan algunos comportamientos extraños con las nenas. Las empujan, les pegan, las insultan. Para ellos puede ser un juego. No miden las consecuencias. Pero algo quieren decir. Es un mensaje que pone de manifiesto el ejemplo que están siguiendo. Y es ahí cuando hay que frenarlo.
La escuela ya no es el complemento de la casa. Ese relato pertenece a otra época, a otra realidad social. Los docentes deben comprender que el desafío es poder corregir los problemas de conducta de chicos que llegan con modelos familiares deteriorados.
La prevención pasa, entonces, por otro lado. Pasa por inculcar respeto. Pasa por ser coherentes en el discurso político; tanto de los que sostienen que un piropo no se le niega a nadie, como de los que levantan banderas feministas y apoyan a las dictaduras que reducen a las mujeres a meros elementos decorativos. Pasa por no relativizar la violencia de género cuando los agresores son funcionarios. Y pasa por tener fiscales que no minimicen las denuncias y actúen con seriedad y responsabilidad; algo que en la actualidad no ocurre.
El secreto es trabajar sobre la igualdad y el derecho a la identidad. Terminar con los discursos baratos sobre machismo y feminismo. Quien mata a una mujer por sentirse superior, es la misma persona que puede hacerlo por odio religioso, racial, sexual, político.
Mendoza es un caso serio. Lo hizo el anterior gobernador y lo hizo el actual. Se manejan parámetros según la cara y el cargo del denunciado. Si conviene políticamente, se usará para levantar la bandera del #NiUnaMenos. Si se complica, se refugiarán en la excusa hipócrita de asegurar que “son hechos de instancia privada”. Sucede una y otra vez. Y ahí están los resultados.
