Una faja de papel pegada con apuro advierte que lo que está al lado es ilegal. Dice, en letras claras, que se trata de publicidad clandestina. Sin embargo, a solo unos centímetros de esa advertencia municipal, el cartel sigue ahí, firme, exhibiendo un número de teléfono bien visible para cualquiera que quiera alquilar el espacio. La escena se repite en varias zona de Luján de Cuyo, componiendo una postal urbana tan insólita como contradictoria.

Basta con recorrer arterias de alto tránsito —como la transitada calle Paso, que une al departamento con el Acceso Sur y con Maipú— para notar cómo el paisaje se ha poblado de estructuras precarias levantadas directamente sobre terrenos municipales. No hay permisos ni cálculos de ingeniería detrás de estos soportes que eligen estratégicamente las zonas más visibles.

Pero el problema va mucho más allá de una falta estética o de un bache burocrático; el trasfondo es doble y preocupa tanto por la seguridad como por la economía local. Por un lado, la geografía mendocina no perdona improvisaciones: en una provincia expuesta de forma permanente a la furia del viento Zonda y a la amenaza sísmica, un cartel mal amurado en el medio de un bulevar se convierte en un proyectil latente. A esto se le suma el peligro diario al volante, con estructuras que obstruyen la visibilidad en esquinas y ochavas donde cada metro ganado a la vista cuenta. Nadie se hace cargo. No hay responsables.

Del otro lado está el malestar del sector comercial que cumple con las reglas. Mientras los negocios y las empresas habilitadas pagan mes a mes sus tasas, servicios y renovaciones obligatorias, la cartelería trucha opera con total impunidad: toma el espacio público de forma gratuita, factura pauta publicitaria y no asume ningún costo fiscal.

Las herramientas legales para frenar esto existen y apuntan directamente a la Dirección de Obras Privadas para que proceda al retiro y secuestro de las estructuras. Sin embargo, por ahora, los carteles siguen allí, desafiando a las propias fajas de infracción y demostrando que la ilegalidad, cuando se instala a la vista de todos, a veces encuentra terreno fértil para quedarse.