Las crudas imágenes del devastador paso de una riada en Nepal -murieron más de 1100 personas- inquietaron especialmente en Mendoza, a raíz de su cercanía a los cordones montañosos de Los Andes. En el país asiático, el fenómeno se produjo por el desprendimiento de un glaciar del cordón del Himalaya. En la cordillera de Los Andes existen condiciones similares, pero no hay un alto riesgo de que un eventual desprendimiento perjudique a una población numerosa.
La clave es diferenciar dos conceptos importantes: amenaza y riesgo. La amenaza es latente, porque los glaciares en torno a Los Andes Centrales (Mendoza y una parte de San Juan) están sufriendo una reducción significativa (pérdida de masa por deshielo) a raíz del calentamiento global. Pero el riesgo de que ese desprendimiento pueda afectar a personas o infraestructuras civiles es muy bajo.
La estructura de los glaciares y la cuestión del riesgo
Silvana Moragues es geógrafa y doctora en Ciencias de la Tierra. Investigadora perteneciente al IANIGLA (Conicet) y especialista en ambiente paraglacial y riesgos de desastres. “En Los Andes Centrales existen distintas condiciones de alta montaña donde pueden producirse desprendimientos de hielo o roca o una combinación de ambos materiales, especialmente en sectores con glaciares en retroceso y en laderas con importantes pendientes“, señaló.
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Sin embargo, es una situación que puede producirse en todos los ambientes donde existen estas condiciones, en las grandes montañas del mundo como el Himalaya, Los Alpes o Los Andes. Pero la especialista explicó que hay una diferencia importante entre Nepal y Mendoza.
Aquí, las principales poblaciones no se asentaron dentro de los valles glaciares de alta montaña, ni en las inmediaciones aguas abajo de ellos. “Aunque el fenómeno físico pueda ocurrir, la vulnerabilidad de esas poblaciones es considerablemente menor. Puede llegar a afectar a poblados muy pequeños o puesteros. No a grandes localidades“, señaló.

De hecho, los parajes de alta montaña ubicados en torno al corredor internacional de la ruta 7 (Las Cuevas, Penitentes, Puente de Inca y hasta Uspallata) no están conformados en torno a grandes masas de hielo, por lo que el riesgo de una riada de mucho potencial destructivo también es bajo.
Aún así, que se produzca el fenómeno físico es probable. “Estos eventos en cascada responden a una combinación de varios factores, pero uno de los principales es el aumento de las temperaturas que estamos sufriendo a nivel global. Esto hace que favorezca el derretimiento y el adelgazamiento del hielo, en consecuencia, el retroceso de estos glaciares. Quedan expuestas las laderas que anteriormente estaban sostenidas por ese hielo. Eso contribuye a su inestabilidad y, en consecuencia, el colapso de este mismo material”, explicó.
A su vez, el agua de fusión que se genera por este aumento de temperatura puede acumularse o infiltrarse en fracturas o cavidades de la misma ladera. Eso ayuda aún más a desestabilizar el terreno. También pueden intervenir lluvias intensas, sismos o desprendimientos de roca. Son factores que se conocen como “gatillantes” para esta inestabilidad.
Respecto al caso del corredor internacional, la especialista aclaró que el riesgo latente en este caso es que se produzcan flujos de detrito. Es decir, formaciones de barro, piedras y ramas que desciende con fuerza por una quebrada o cauce. Un fenómeno que ya se ha producido hace poco en el corredor (en marzo en Uspallata) y obligó a interrumpir el tránsito por la Ruta 7. Dejó personas varadas.

Eso puede producirse luego del intenso temporal de nevadas que se dieron en el marco del fenómeno Super Niño. Si transitamos un verano con altas temperaturas que generen deshielo, las laderas pueden tener un mayor aporte de agua de fusión, lo que es un factor “gatillante” para los procesos de inestabilidad.
El glaciar Azufre en Mendoza
En Argentina, según el inventario del IANIGLA, existen alrededor de 16 mil glaciares a lo largo de la Cordillera de Los Andes. El glaciar Azufre, ubicado en Malargüe, es uno de los que mejor explican el fenómeno del retroceso. Recientemente, un informe de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) sobre América Latina y el Caribe aseguró que es el cuerpo de hielo que más masa y superficie perdió en los últimos cuatro años en Sudamérica. “Está perdiendo más hielo del que logra recuperar a través de las nevadas“, señaló Moragues.

Además, advirtió que este retroceso del glaciar no solo representa una pérdida de reserva de agua en estado sólido sino que va transformando progresivamente la morfología del valle. “Quedan expuestos estos terrenos, esas laderas sostenidas por el hielo y modifican la dinámica hídrica y sedimentaria del ambiente“, dijo. A su vez, advirtió que tiene influencia la deposición de cenizas del complejo Planchón sobre la superficie del glaciar.
El retroceso del glaciar favorece la formación de lagunas porque el agua ocupa depresiones que antes ocupaba el hielo. Pero no todas las lagunas proglaciares implican un peligro. “No hablaría de que represente una situación de riesgo comparable con una del Himalaya o de otros ejemplos de la cordillera de Los Andes“, señaló.
La zona de Argentina donde sí hay mayor riesgo
En esta comparativa entre la amenaza de desprendimiento y el riesgo de que esta genere daños estructurales, sí hay una región sobre la cual pesa una alerta específica que es monitoreada hace años por los investigadores y las autoridades. Se trata de El Chaltén, una villa en el Parque Nacional Los Glaciares, en la provincia de Santa Cruz.

Según explicó la especialista, el retroceso del Glaciar Torre en esa zona está acompañado por el crecimiento de la Laguna Torre y por la inestabilidad de todas las laderas. Por eso es que se estudia la posibilidad de que un gran desprendimiento de material colapse sobre la laguna y genere una inundación violenta que cause el desborde o la ruptura de la represa que contiene esta Laguna Torre. Esto es conocido como el fenómeno del GLOF.
Esta inundación puede afectar el valle del río Fitz Roy y a solo 9 kilómetros de esa zona existe la villa de El Chaltén, una población de unas 1.800 personas ubicada aguas abajo. “Actualmente hay investigadores de la UBA y Conicet, junto con distintos organismos públicos y actores locales trabajando en el monitoreo de la ladera y del río“, contó Morague.
Justamente este monitoreo es crucial para desarrollar un sistema de alerta temprana, fundamental para estos eventos. Aunque aclaró que es un fenómeno que no se puede predecir exactamente. Solo se advierte si existen las condiciones necesarias.
