Rodeando su casa está el Calvario, o uno de los lugares donde Mendoza recuerda el sacrificio de Cristo, lugar que estará siendo visitado en estos momentos por numerosos fieles de la cristiandad. La casa es la Casa de la Virgen de la Carrodilla. Como es una cuestión de fe la que tenemos entre estos días, quiero quedarme con esta imagen. Pienso si la Virgen de la Carrodilla no hubiera tenido una canción, tal vez sería muy conocida por nosotros, pero no conocida en muchas partes del mundo como lo es.
La Virgen de la Carrodilla, con su historia a cuestas, es más trascendente que la original española. Porque tuvo una canción que la desparramó por el mundo, una bella canción repleta de sentimiento. Habitualmente, atribuimos la canción a Hilario Cuadros, pero este tuvo un socio: don Pedro Herrera, de quien muy pocos se acuerdan. Hablé, indagué conversé con tipos y tipas macanudas, como la Pochi Zimmerman, el Pocho Sosa y Carlos Cuadros, el sobrino de Hilario, y ellos me desasnaron. Me dijo Carlitos que la hicieron entre los dos, por eso la letra y la música les pertenece a ambos.
Y escuchá Hilario esta pequeña poesía que se me ha ocurrido. Qué linda, eso merecería una musiquita así, pero yo hablaría un poco más de las viñas. A ver si este tono le viene bien. Entre los dos, compadres, compinches de canto, fue surgiendo una de las canciones que más identifican a los cuyanos y su fe. Gracias, Hilario, gracias, Pedro Herrera, y perdón, Pedro, por tanto olvido. Es un momento de fe, o sea, también es un momento de canto.
