A dos décadas de que el mundo escuchara por primera vez el icónico “Time goes by so slowly…”, Madonna redobla la apuesta y estrena la secuela de una de sus obras cumbres. La Reina del Pop lanzó oficialmente este 3 de julio Confessions II, la esperada continuación de su aclamado álbum Confessions on a Dance Floor (2005), reviviendo la nostalgia de las pistas de baile.

La diferencia es que en las últimas dos décadas el mundo cambió, la industria cambió, Madonna cambió, pero su legado se mantuvo intacto. Muestra de ello es este proyecto que nos vuelve a llevar a la pista de baile al estilo Reina del Pop. 

Gracias por venir. A veces me gusta esconderme en las sombras (…). Pero aquí, en la pista de baile, me siento tan libre”. Con esa declaración de principios, Madonna vuelve a abrir las puertas de su pista de baile. Lo hace con Confessions II, un segundo round tan esperado como inevitable, la continuación de Confessions on a Dance Floor, el disco que hace casi 21 años redefinió el pop bailable y marcó a generaciones enteras.

Este viernes, finalmente, cayó el velo que cubría a la Reina del Pop en su portada y comenzó una nueva confesión: una bocanada de aire fresco en una industria donde la viralidad, las métricas, los algoritmos y los videos de TikTok parecen devorarse cualquier obra antes de que tenga tiempo de convertirse en un clásico.

 Confessions II es mucho más que una secuela. Es un regreso al mismo universo sonoro con otra perspectiva. Vuelven Stuart Price, los sintetizadores, los bajos hipnóticos y la pista de baile entendida como un espacio de liberación, aunque ahora todo está atravesado por el paso del tiempo. Hay duelo, familia, memoria y archivo personal. Madonna canta sobre su hermano Christopher Ciccone, sobre su hija Lourdes Leon, recuerda los años de Danceteria —el club donde nació su carrera— y del Lower East Side, el barrio de Nueva York que la acogió mientras buscaba que escucharan su demo de “Everybody”. Sigue siendo un disco para bailar, pero también unas memorias escritas con sintetizadores. Ahí reside, justamente, su mayor diferencia respecto del original.