En 1992, la Iglesia católica dio una noticia esperada, o quizás inesperada, tal vez ya ni siquiera eso, en todo caso, que quede a criterio de cada quien. Más de tres siglos y medio después se emitía oficialmente el perdón a Galileo Galilei, excomulgado luego de asegurar, sostener y explicar que la Tierra no era el centro del Universo, sino que esta giraba alrededor del Sol, con lo que daba paso a una gran revolución científica y, a su vez, se ganaba un pasaje en primera para alguno de los nueve anillos que, según Dante, constituían el Infierno.
Sin embargo, estos dos personajes enormes de la ciencia y las letras ya habían coincidido, algunos años antes de la condena de la Iglesia a Galileo, cuando este, con 24 años, ofreció dos charlas magistrales sobre (a ver, lector, agárrese de la silla, que nos vamos a permitir asegurar que si no lo hace, se va a caer de nalgas, y no hay para este golpe alfombra lo suficientemente mullida), dos charlas, decíamos, sobre ubicación, tamaño y estructura del Infierno según la descripción hecha por Alighieri en La divina comedia.
Editorial La Compañía acaba de lanzar Dos lecciones infernales, un tomo que compila el par de charlas que Galileo dio ante la Academia Florentina y en las que, a partir de las medidas y coordenadas que se detallan en La divina comedia, establece la ubicación y las longitudes del Infierno y sus nueve anillos.
Con ilustraciones (extraviadas, por lo que no aparecen en este libro) y especificaciones métricas, Galileo hace un detalle de un Infierno cuyo extremo final coincidiría con el centro de la Tierra, centro, a la vez, del Universo según el sistema geocéntrico que el científico se encargaría de derrumbar años más tarde.
Una muy buena introducción de Riccardo Pratesi ubica al lector en la cosmovisión de esa Europa que no sólo se creía el centro del mundo, sino también del Universo, y en la que las distribución de Cielo e Infierno de Alighieri caló profundo. Incluso, la matemática de la época es reseñada por Pratesi, para que la obra sea comprendida en su totalidad.
Además, el posfacio de Matías Alinovi (también traductor de la obra) aporta claridad sobre el Galileo que dictó estas lecciones y su momento. Para Alinovi, Galilei estaba para entonces (con 24 años) en contacto con las teorías que quitaban del centro del Universo a la Tierra, pero también se encontraba necesitado de un puesto en la academia, con lo que accedió a realizar los cálculos necesarios (con los que mejoraría los realizados por Manetti y vilipendiaría los de Vellutello) para establecer la ubicación y la superficie de cada uno de los anillos del Infierno, además de estimar la medidas del demonio (sí, no leyó mal, hizo algo así como una antropometría del diablo).
Indudablemente, estas lecciones, perdidas durante tres siglos y recuperadas por un investigador que las halló por azar, son una excelente oportunidad para realizar una lectura geométrica del Infierno de Dante y para descubrir un aspecto más (ya a esta altura casi pintoresco) de la capacidad científica de Galileo Galilei.
Dos lecciones infernales, o viaje más allá de Aqueronte
Un libro da a conocer la posición oficial del científico a los 24 años.
