No sé si habrá tomado usted conciencia de lo que nos pasa. Por las dudas de que no lo haya hecho, se lo digo: estamos en un año electoral. Dentro de muy poquito tiempo comenzarán sus campañas los partidos y entonces nos veremos sometidos otra vez a los bombardeos publicitarios: candidatos sonrientes en afiches malos en los que se autopromueven para tratar de seducirnos, avisos en la tele, aplicados, comprometidos, honestos, desinteresados, trabajadores. Estamos en tiempo de elecciones, tiempo caracterizado por las seis pes: política, proselitismo, publicidad, promesas, paros y piquetes. Las promesas son numerosas, porque prometer es ilusionar, y es sabido que el pueblo vive de ilusiones.

    Vamos a hacer cien mil viviendas, algunas con paredes y todo, vamos a techar la ruta cuarenta, vamos a azulejar el canal Pescara, vamos a erradicar las villas miserias para que la gente viva en villas inestables. Prometer es uno de los condimentos de la seducción y los tipos necesitan seducirnos. Y, por el otro lado, el de los reclamos, no hay mejor oportunidad para obtener cosas que la que da el tiempo de elecciones. Entonces, las huelgas, las manifestaciones, los piquetes, las pancartas. Lo cotidiano se transforma, la anormalidad pasa a ser normal. Cualquier certeza, una incertidumbre. Andar en auto por el centro es meterse en el caos. Estamos en plena época de confrontaciones. Como si fueran dos bandos, ¿no? Como si fueran dos adversarios, ¿no? Como si fueran… lo que son.