Los semáforos existen desde hace mucho tiempo. Se llamó así a un sistema de señales lumínicas que permitía mandar mensajes a la distancia. Luego, con la adopción del tránsito del sistema de luces se llamó semáforo a las luminarias que ordenan (¿ordenan?) el tránsito en las esquinas. Después se hicieron un paisaje cotidiano en nuestra ciudad y, ahora, la mayoría de las esquinas posee esos tres ojos luminosos que nos permiten pasar, nos avisan cuando debemos parar y generalmente son burlados por los automovilistas que pasan o paran cuando quieren.

    Pues bien, el Gobierno ha licitado la colocación en diversas arterias de nuestra ciudad de los llamados semáforos inteligentes. Son semáforos que se accionan con especies de chapitas que están insertas en el asfalto, entonces miden la densidad de autos acumulados en una esquina y a través de eso actúan, pero tienen, además, cámaras de televisión para ver cómo se desarrolla el tránsito en cada esquina. Estas cámaras están acopladas a una central que es donde se toma la resolución de cambiar la luz o no.

    También dicen que vendrán unos especiales para peatones, en los que el mismo peatón puede accionar un botón y hacer que cambie el color del bicho de colores. Algo así como un semáforo autoservice. Mas allá de todas estas modernidades, los semáforos inteligentes deberían tener voz, altoparlantes esquineros para poder decir a los gritos: “Esperen, señores, ¿no ven que está cruzando una anciana? No le toqués bocina al de adelante que todavía está rojo, impaciente.

    Guarda que vienen pibes, háganse todos una rueda más atrás, por favor. La señora de peinado enrulado tiene medio coche en la senda peatonal”. Sí, deberían decir algo. Porque si van a ser inteligentes, los queremos inteligentes del todo y ya que estamos, hagamos una licitación para conseguir conductores inteligentes también.