Buenos días, a pesar de todo. Tal vez porque el mundo sigue viviendo a los saltos, los saltos le atraen tanto al hombre, por eso, los saltos del Iguazú son una de las Siete Maravillas del planeta. Pero hay otros saltos que son famosos, por ejemplo, el salto de 8 metros trece centímetros, récord mundial conseguido el 25 de mayo de 1935, por Jessie Owens, en el estadio de Berlín, que hizo enfurecer a Hitler. También son famosos los saltos que los clavadistas mexicanos realizan en los acantilados de Acapulco. Se tiran al agua desde treinta metros los muy locos, y a mí me cuesta tirarme dignamente estilo desastre del borde de la pileta del club. Pero, claro, el salto que más notoriedad tiene en este momento es el que dio hace pocos el australiano Felix Baumgartner, quien se lanzó desde 39 mil metros de altura, algo así como la altura de seis Aconcagua, uno sobre el otro. Entonces, superó los récords de lanzamiento de altura, y rompió la barrera del sonido, la que en estos momentos está siendo reparada por la NASA. Y claro, se llevó todos los aplausos, todavía el mundo sigue aplaudiendo la hazaña de Felix, y a mí me parece bien, pero se ha incurrido en un lamentable olvido, que voy a tratar de reparar en este monólogo. Las manzanas han sido siempre protagonistas de la humanidad. Adán y Eva fueron exiliados del Paraíso cuando mordieron la manzana prohibida. En realidad, la Biblia no dice nada de qué especie vegetal se trataba el fruto prohibido, pero a los artistas del Renacimiento se les puso que era una manzana y se impuso esta teoría. Si Adán y Eva se hubieran comido dos manzanas en vez de una, hubiéramos nacido con pecado original y duplicado. También fue famosa la manzana que Guillermo Tell puso sobre la cabeza de su hijo para superar la prueba. Tenía que acertarle el flechazo a la manzana. Después de la prueba, Guillermo Tell expresó: “No me daré por vencido. Traigan a mi otro hijo”. Pero tal vez la manzana más famosa fue la que le cayó en la cabeza a Isaac Newton, allá por 1666, anécdota que Voltaire hiciera famosa después. Dice la historia que la caída de una manzana le sugirió lo que hoy conocemos como Ley de la Gravedad. Resulta que ahora todo el mérito se lo lleva el saltador australiano Felix Baumgartner y ni un mínimo elogio para Newton. Queridos míos, si Newton no hubiera descubierto la Ley de la Gravedad, minga que hubiera saltado Felix, minga.
