La muerte del médico mendocino Alejandro Zalazar volvió a poner bajo la lupa un problema silencioso dentro del sistema de salud: el acceso y el consumo indebido de potentes fármacos por parte de profesionales médicos. El caso reavivó además un antecedente ocurrido en 2018, cuando una médica fue hallada muerta dentro de un hospital con un frasco rotulado como “sedoanalgesia” en una mano y una jeringa en la otra.
El anestesista mendocino, Alejandro Zalazar, fue hallado sin vida en febrero en su departamento del barrio porteño de Palermo y la autopsia confirmó que murió por una sobredosis de propofol y fentanilo, dos anestésicos de uso hospitalario.
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El caso derivó en una investigación judicial que apunta al robo de medicamentos en hospitales y su uso fuera del ámbito médico, incluso en reuniones privadas entre profesionales conocidas como “Propo Fest”, donde los fármacos se utilizaban con fines recreativos.
Pero, aunque el escándalo explotó ahora, no es la primera vez que un episodio similar enciende alarmas sobre el uso indebido de drogas anestésicas en el ámbito médico.
Un antecedente que ya advertía el problema
En junio de 2018, una médica brasileña identificada como Carolina Borth Feitosa, que realizaba rotaciones profesionales en el Hospital Universitario Austral, fue encontrada muerta en uno de los baños del establecimiento. Tenía 40 años y su cuerpo fue hallado sentado en un inodoro, con un frasco rotulado como “sedoanalgesia” en una mano y una jeringa en la otra.
La profesional estaba cumpliendo prácticas en el hospital cuando su ausencia llamó la atención. Tras una búsqueda dentro del edificio, el personal encontró el cuerpo en el segundo piso del centro médico.
La Justicia inició una investigación para determinar si la muerte había sido consecuencia de la autoadministración de sedantes, un tipo de medicación que solo debería utilizarse bajo estrictos controles médicos.
Aquel caso generó conmoción en el ambiente sanitario y ya dejaba entrever un problema estructural: el acceso directo que tienen los médicos a drogas extremadamente potentes.
Un debate que vuelve con fuerza
El escándalo de las “Propo Fest”, destapado tras la muerte del médico mendocino, volvió a instalar la discusión sobre los controles internos en hospitales y clínicas para evitar el desvío de anestésicos. Fármacos como el propofol o el fentanilo se utilizan en quirófanos para inducir anestesia general y requieren monitoreo permanente porque pueden provocar depresión respiratoria o paro cardíaco en pocos minutos si se administran sin control.
Por eso, especialistas advierten que cuando estos medicamentos salen del circuito hospitalario y se utilizan de manera recreativa, el riesgo de sobredosis es extremo.
