La contaminación ambiental está llevando a nuestro planeta a situaciones catastróficas e irreversibles. El efecto invernadero, la corriente del niño, el agujero de ozono son algunos de los daños que nos estamos haciendo de manera masoquista. La pregunta es: los mendocinos, ¿estamos exentos? De ninguna manera nuestro daño es menor que el que puede ocasionar una ciudad como Chicago o Buenos Aires. Les he contado lo que se ve desde el mirador más alto de los caracoles de Villavicencio.

    Se ve el valle de Huentota, es cierto, se ve gran parte de la ciudad, pero, sobre ella, se ve una nube marrón que nos cubre como una mala corona de una mala Vendimia. Es el smog, combinación de dos voces inglesas: smoke, humo, y fog, niebla. Está permanentemente sobre nosotros, no podemos sacudir la cabeza para que se vaya –como con los mosquitos–, permanece, nos acosa.

    Es que el conglomerado ya tiene en sus calles muchos miles de autos más de lo que una ciudad como Mendoza puede soportar. Uno lo ve en el centro. Conseguir un estacionamiento es más difícil que andar en patines sobre el ripio. Y el parque automotor crece y crece y, si llega una época de esplendor económico, habrá de crecer aún más.

    Algunas ciudades europeas ya han tomado medidas al respecto. Nosotros deberemos pensar en tomarlas, porque, en algunos lugares de la ciudad, el aire te raspa, y esto no lo arreglamos prohibiendo fumar. Está ahora sobre nuestras cabezas y no podemos echarle la culpa a nadie más que a nosotros mismos.