A unos 150 kilómetros de la Ciudad de Mendoza, 45 familias en Lagunas del Rosario resisten la falta de agua y mantienen las raíces de la comunidad huarpe en un pueblo de Lavalle casi olvidado por el tiempo.
Luego de andar por una larga huella en el camino Los Huarpes, el paisaje se torna agreste y seco. Sólo el cruce de algunos animales flacos en el sendero permiten dilucidar la presencia del hombre en una zona donde el sol pega fuerte.

En 2010 y tras un reclamo histórico, la comunidad huarpe recibió la titularización de unas 72 mil hectáreas, aunque los documentos llegaron unos años después. Esto se logró haciendo uso del al artículo 75 de la Constitución Nacional, que refiere a los derechos de los pueblos originarios.
Hace más de 100 años habitan esa zona. Viven principalmente de la cría de chivos y de algunas vacas que subsisten al nulo caudal que les llega del río Mendoza. Se abastecen de camiones con agua potable que envía el municipio y del agua subterránea que extraen a través de bombas.

El problema principal, y que parece no tener fin, es la presencia de arsénico en el líquido. Se trata de un metal cancerígeno que se encuentra en las napas de la tierra, por lo que deben recurrir a un dispositivo para filtrarlo. Es por eso que los laguneros demandan las obras necesarias para acceder, finalmente, al agua potable.
Si bien el complejo lagunar Huanacache se secó a fines del siglo XIX, antes de la creación del Dique El Potrerillos, recibía una fina vertiente del río principal de la provincia. Pero, en la actualidad, y como consecuencia de la escasez hídrica, el afluente lo retiene la presa.

En un año medio o normal, las lagunas de Mendoza lograban tener un volumen importante. Sin embargo, la sequía es la nueva normalidad en todo Cuyo y el recurso no alcanza.
Entonces, cada tanto, se ve perderse en el horizonte a una mujer o a un hombre con un balde. Para luego volver con el recipiente cargado de líquido, llevarlo a su casa o depositarlo en un contenedor donde se está preparando adobe para reparar un muro.

En el ingreso al pueblo se levanta la capilla que fue construida en 1609 entre jesuitas y huarpes. La segunda fundación data de 1753 pero la iglesia se derrumbó en el terremoto de 1861. Tres años después se volvió a emplazar.

“La catedral del desierto”, que fue proclamada Monumento Histórico Nacional, es refaccionada cada año con un preparado de barro ya que las cotorras hacen nidos y perforan los muros que luego son pintados con cal. El trabajo más duro se hace a principios de octubre porque del 10 al 13 tiene lugar los festejos patronales que convoca a fieles de todo el territorio. Se colocan puestos en los llamados Bordos Negros para vender todo tipo de productos que permiten subsistir al pueblo.
En el interior del santuario se encuentra la imagen de la Virgen del Rosario, a quien la gente le pide por la buena ventura del pueblo, que aún hoy cumple la tradición de coser y vestir a sus santos.

En el secano, la intromisión católica se mezcla con la pulsión por la tierra y que se traduce en el respeto por la Pachamama. Es así como en el cementerio que se ubica a pocos metros de la construcción de adobe se observa la fusión de la cultura en lápidas y ofrendas.
Otras de las festividades importantes donde brota la sangre de los pueblos originarios es en junio con el solsticio de invierno, también conocido como Inti Raymi. En algunas ocasiones no se espera al 21: el rito se realiza cuando el primer chivo tiene cría.
El encuentro es familiar. Se enciende una hoguera con los restos de la poda, se acuestan y antes del amanecer arrojan las cenizas para comenzar el año nuevo de la mejor manera.

La comunidad declarada Pueblo Histórico Nacional por la Comisión de Monumentos, Lugares y Bienes no ha desaparecido gracias a la escuela primera y la secundaria que se instaló hace pocos años atrás. Esto permitió que los jóvenes no migraran para estudiar, al menos hasta los 18 años. Luego, los que eligen seguir la facultad, deben instalarse en la ciudad con el riesgo para sus familias de que no vuelvan.
Los docentes que trabajan allí viajan horas y se quedan durante la semana. A fines de marzo con la recategorización de las escuelas de la provincia, la secundaria Esperanza de Lagunas donde concurren unos 60 alumnos había sido calificada con un 70% de zona y sobre la marcha fue modificado con su histórico 100%, al igual que su primaria, la Elpidio González, donde van 120 hijos de puesteros.

Feliciano González es uno de los pobladores más antiguos. Jacinto González y Margarita Jofré, sus padres, fueron los verdaderos huarpes y que los motivaron a quedarse en esas tierras.
“Ellos nos dejaron los campos. Ella a punto de morir nos dijo, ustedes se animan a ir a la Capilla del Rosario ustedes tienen un lugar para hacer su casa”, recuerdó que le dijo doña Margarita. Para el hombre, nada es de ellos, la comunidad es la encargada “de cuidar los terrenos de la virgen”.

El hombre que tiene 75 años afirma que ha visto un cambio profundo. “Antes esto era un desierto. Se abría sólo para las fiestas”, contó y afirmó que cuando tenía 10 años visitaba la capilla con su madre y el terreno estaba inundado.

“Ahora es un desierto. Muchas veces la gente llega y me pregunta ‘Dónde está la laguna con agua’…”, cuestionó.

Ítalo González es ayudante del cura Maxi, quien va una vez por semana. Aunque no tienen un sacerdote fijo también llegan religiosas de El Cavadita, Asunción y San José. Si bien el hombre da catequesis a los jóvenes, para subsistir tiene que viajar hasta San Juan donde se dedica a la cosecha de pistacho. Para el hombre la formación religiosa es el eje fundamental en su vida.
“Uno lo hace gratuitamente. Esto nace del corazón”, afirmó.

