Decimos que la soledad es mala consejera. No lo sé, las veces en las que yo he estado solo no le he escuchado consejos a la soledad, a lo sumo, protestas por haber quedado sola conmigo. Dice: “Me hubiera podido tocar otro más divertido”. Hay gente que prefiere la soledad, la tolera con ventajas, se lleva bien con ella. Pero, en ese caso, no debería llamarse soledad, tal vez es una forma distinta de compañía, una forma de estar acompañado por sí mismo.
La soledad existe cuando lastima, cuando abruma, cuando pesa. Claro que no es lo mismo la soledad en las distintas etapas de la vida. La soledad de un niño es desamparo y de ella somos todos responsables. En la juventud, la soledad puede ser aprendizaje. A los cuarenti…, la soledad puede ser un período de reflexión, pero la soledad en la vejez es, decididamente, un castigo.
La soledad es una de las peores enfermedades, sino la peor, y lo peor es que ninguna mutual te la reconoce. Sería bueno hacer un censo de solitarios y que nos juntáramos después, con nombres y direcciones, para ir a repartir abrazos. Digo en uno de mis espectáculos, al final: “No nos dejemos solos nunca más, que la vida nos está pidiendo lo mismo que yo a veces les pido por televisión: No meeeee dejen solo”. Hay una poesía que habla de la soledad y que termina así: “Puedo decir soledad de muchas formas / menos de una / jamás podré decir soledad si digo amigos”.
