Ni los mejores sanitaristas del mundo entero pueden todavía imaginar hoy cómo y de qué formas y maneras podrá combatirse y derrotarse por ende el nuevo coronavirus, que sumió a la humanidad en la peor de las crisis de salud en los últimos cien años. En la misma línea de incertidumbre, los economistas de mayor prestigio, seriedad y credibilidad, tampoco han podido llegar a predecir qué pasará con la economía a nivel global: quiénes o qué actividades permanecerán en pie, bajo qué condiciones ni cómo será la relación entre los pueblos, el comercio entre ellos y si tendremos nuevos códigos de colaboración y solidaridad que puedan llegar a regir la, seguramente, nueva comunidad que surja para cuando todo haya acabado.
Pero, en el mientras tanto, la pandemia se va surfeando en distintas partes del mundo de acuerdo con el grado y nivel de violencia con los que se haya ensañado o golpeado. Si hay una ventaja con la que cuentan los países de esta parte del mundo donde estamos ubicados, ha sido el tiempo, lo que ha permitido observar más o menos en detalle los diferentes modelos que se han ido aplicando, con sus ventajas y desventajas. Eso sí, el confinamiento, el distanciamiento social y las cuarentenas progresivas e inteligentes, o bien totales y cerradas como las que fue adoptando Argentina, resultaron ser el único antídoto probado y efectivo para hacer retroceder la peste.
Tres o cuatro hitos de escala mundial han sido los que dejaron huellas imborrables y obligaron a cambiar el curso de la historia, en lo particular desde lo económico y lo social, claro está. Allí se ubican la Segunda Guerra Mundial, la que junto con la Gran Depresión de 1929 ayudó a alumbrar el Estado de bienestar de acuerdo con no pocos especialistas económicos e historiadores con una fuerte visión social de los fenómenos. La gripe de 1918 se ensañó con Europa y sus pueblos, a partir de ella, coincidieron en la creación de los sistemas de salud nacionales más o menos similares a los conocidos hoy. La crisis más cercana de base económica y financiera ha sido el crash del 2008. Todavía una buena lista de países, europeos en su mayoría, no han podido zafar de sus consecuencias visibles, particularmente en sus voluminosas e impagables deudas: Grecia, España, Italia pueden anotarse en ese listado.
Días atrás, le trasladaron a Robert Shiller, premio Nobel de Economía del 2013, la pregunta del millón: ¿Qué es lo que viene para cuando todo esto termine? “La epidemia –dijo– aporta una mentalidad de tiempos de guerra, pero una mentalidad que une a todo el planeta en el mismo lado. Los años de guerra son períodos de una gran cohesión interior de los países y de la preocupación por los otros”. Y con un tono optimista, además de reflexivo, añadió: “Un efecto a largo plazo de esta experiencia podrían ser unas instituciones económicas y políticas más redistributivas: de los ricos hacia los pobres, y con mayor preocupación por los marginados sociales y los ancianos”, dijo de acuerdo con declaraciones que levantó el diario El País de España, en su edición del 12 de abril.
No son pocos los que en nuestro país han comenzado a imaginar una economía para tiempos de guerra o de posguerra, muy parecido a lo que dice Shiller. En ciertos despachos del Ejecutivo nacional se analizan medidas drásticas, propias de un tiempo de guerra. Hay, al menos, tres que han trascendido, en consonancia con lo que se está discutiendo o a punto de implementar en otros Estados. Se estudia la suspensión de los pagos de alquileres para las empresas y particulares; la postergación o también suspensión del cobro por parte de la Nación y las provincias de los impuestos y del cobro de los servicios públicos en manos del Estado o administrados por las empresas concesionarias de esos servicios y del establecimiento de lo que se considera un ingreso básico universal, es decir, para todos. Esto último implica que todos los jefes de hogar del país recibirían el mismo ingreso por un tiempo determinado, quizás, unos seis meses, lo que nadie sabe por otra parte.
El ingreso universal le permitiría contar con mínimos recursos a quien hoy no los tiene y, quizás, los haya perdido por mucho tiempo hacia delante. También abarcaría a quienes hoy cuentan con ingresos, y particularmente de los considerados altos. Al ser universal, incluiría a todos, desde los sueldos del Poder Ejecutivo nacional y del provincial, los ministros y funcionarios públicos de todos los órdenes, los empleados públicos y también se extendería a los sueldos del ámbito privado, el sector que más se ha resentido desde que comenzó a hacer estragos la pandemia y desde que se implementó la cuarentena. Pero son medidas en estudio, en proceso de análisis, en estado embrionario.
Ejemplos de la debacle sobran. Ayer se sumó una voz representativa de millones de argentinos que explica, de alguna manera, ese cúmulo de medidas de emergencia propias de un estado de guerra del que habla el nobel de Economía, el norteamericano Shiller. Gervasio Muñoz, presidente de la Federación de Inquilinos a nivel nacional, sostuvo que el 40 por ciento de los inquilinos, de un total en el país de 9 millones de personas, no pagó sus alquileres durante abril; pronosticó que el mes de mayo puede ser peor y pidió al Congreso una ley de alquileres por la que se congelen los montos por los próximos seis meses, además del congelamiento de los valores.
