Sin querer, Diego Saikin se convirtió en una personalidad dentro del ambiente técnico y científico del país. Esta fama repentina fue consecuencia de su participación en el proyecto Bereshit, la sonda israelí que se estrelló en la Luna justo cuando estaba por concretar un alunizaje. La misión estuvo a punto de poner a ese país en el selecto club conformado por Rusia, Estados Unidos y China, los únicos que lograron posarse sobre el satélite natural de la Tierra.
“Fue poco ortodoxo, pero llegamos a la Luna”, bromea Diego en su visita a Mendoza, donde brindó un par de charlas sobre una experiencia que marcó algunos hitos históricos. No sólo fue la primera misión lunar israelí, sino que se trató de un emprendimiento privado; algo que nunca había ocurrido.
Diego Saikin tenía 16 años cuando su familia decidió dejar atrás la vida en Avellaneda para irse a vivir a Israel. Y, si bien, regresó varias veces al país, nunca lo había hecho con la chapa con que ahora lo presentan: el ingeniero argentino que programó Bereshit.

Al consultarlo sobre si es así, Saikin responde: “Sí y no. Yo soy parte de un proyecto. Y lo aclaro porque cada vez que escriben algo de mí, mi rol crece. Yo fui un miembro voluntario en el equipo de simulación. Mi función fue esa, la de ingeniero en software de simulación. De ahí, ya escribieron que fui el que diseñó el software de Bereshit, y, si seguimos así, voy a convertirme en el que diseñó, construyó y piloteó la nave. De hecho, le conté a mi jefe lo que pasaba conmigo en Argentina y me dijo: ‘No te preocupés, a mí ya me hicieron director de todo el proyecto’”.
Saikin llegó a la Argentina de la mano de la Organización Sionista Mundial. Estudió Ingeniería en la Universidad Ben Gurión, de Beer Sheva, y realizó su maestría en la Universidad Técnica de Praga. Cuando supo de la existencia del proyecto Bereshit, ganador del Google Lunar X Prize, que convocaba emprendimientos para llevar una sonda a la Luna, decidió mandar su currículum y ofrecer sus servicios.
Ahí, Diego hace una pausa y explica: “La diferencia entre nave y sonda es que la sonda no es tripulada”. Es un detalle técnico pero que tiene que ver con el espíritu de Bereshit.

A pesar de que el premio quedó vacante, la idea siguió adelante con la organización SpaceIL. El desarrollo de la sonda estaba demasiado maduro como para desperdiciar el trabajo que se había hecho hasta el momento.
“Nunca me respondieron el mail. Finalmente, me enteré de que la Universidad de Tel Aviv había cedido aulas para el desarrollo y la investigación y fui directamente para allá. Recorrí prácticamente todo el edificio, como si fuera un flipper, hasta que encontré la puerta indicada. Golpeé, me atendieron y dije: ‘Hola, vengo para ser voluntario’. Y así empecé”, recuerda.
Empezó a liderar el equipo que diseñaba el salto lunar, pero la relación con el proyecto se fue desvaneciendo por la distancia. Diego había regresado a Praga y el trabajo remoto ya no era lo mismo. De algún modo sintió que había quedado fuera. Hasta que supo que necesitaban gente en el equipo de simulación.
Prefiere no hablar de política ni de cuestiones personales. Más que nada, para que el trabajo no se mezcle con esas cuestiones. Pero tiene en claro que la experiencia de llevar adelante un emprendimiento de esta magnitud desde el sector privado es, sin dudas, innovador. Hubo una pequeña participación económica del Estado de Israel; menos de 5 por ciento de los 95 millones de dólares que costó lanzar a Bereshit al espacio.
Como ingeniero es bastante didáctico. Explica situaciones técnicas complejas con una facilidad asombrosa. Agarra dos pelotas, dos voluntarios y, de esa manera, representa la distancia que hay de la Tierra a la Luna. Luego muestra el funcionamiento de su celular y aclara que mucha de la tecnología que se usa en la vida cotidiana fue puesta al servicio de Bereshit.
“Lo bueno de un proyecto privado es que nadie puede hacer una especulación política. Es algo con lo que no hay que lidiar. En Israel también pasa lo mismo que en Argentina, que hay gente que pregunta por qué no se hacen hospitales con ese dinero. Siempre se mezclan cosas”, explica.
“¿En Argentina, el Estado debería trabajar en un proyecto lunar? Creería que no es momento ni debería ser la prioridad”, reflexiona. Entiende que, más allá del avance científico, la idea de alunizar con Bereshit encerraba mucho de orgullo nacional en Israel.
Tira una frase que resume el trabajo en el proyecto Bereshit –cuyo nombre en hebreo hace referencia bíblica al Génesis, el principio de todo–: “En el espacio, el peso es precio”.

Ese era el gran desafío. Poner en el espacio una nave o sonda lo más pequeña posible y capaz de llegar a la Luna. Entonces cuenta durante una hora, los detalles del combustible, los paneles solares y las cámaras para tomar imágenes en el espacio.
Termina con la hipótesis del final inesperado. Un sensor que falló, la necesidad de reiniciarlo, contingencias que no pudieron solucionarse y el descenso precipitado.
“Fue muy osado. Ningún otro país había intentado alguna vez algo así. Poner una sonda en la órbita lunar y en la misma misión intentar un alunizaje era muy audaz”, cuenta. Y completa con la idea de que no haber podido posar la sonda de manera exitosa no es ni por lejos un fracaso.
