–Tato, habla el Toti, ¿está el Tito? La conversación, telefónica, juro que fue real. Era jueves y los muchachos del canal se estaban poniendo de acuerdo con colegas de otros medios, para el partido del sábado en que Periodistas se jugaba nada menos que el descenso, en la Liga de Veteranos. El fin de semana se anticipaba tenso y, para colmo, el pronóstico del tiempo anunciaba probabilidad de lluvias. La parada estaba difícil, tenían varios lesionados y suspendidos, a lo mejor se venía un aguacero de aquellos. Pero la preocupación prioritaria era que nadie daba con el paradero del Tito. No contestaba ninguno de los dos celulares que tenía. Lo habían llamado hasta el hartazgo o mejor dicho, hasta quedarse sin crédito. –Esto es grave Tato, dijo el Toti. Sabía de lo que hablaba.
No llegaban a formar el once y el Tito era crucial para ellos. Pero no por cábala ni por condiciones futbolísticas. El Tito era im-pres-cin-di-ble. Si supieran… El Toti es un delantero genial, exquisito, de meter rabonas y caños, que nunca jugó en primera por su adicción a los Parissien y su aversión a los entrenamientos y a las concentraciones. Se cansó de meter goles en los clubes de barrio donde jugó y en la liga, donde hace catarsis –como todos–, despunta el vicio de pegarle a la pelota y de comer el asadito al terminar el partido. El resultado suele ser lo de menos para estos cuarentones que peinan canas (los que aún tienen pelo) aunque adentro de la cancha intentan unos piques que los dejan boqueando, al estilo Piojo López (el cordobés de Río Tercero volvía y arrancaba de nuevo como si nada). Los ves con el cuerpo doblado, tomándose las rodillas con las manos, buscando el aire que perdieron 15 años atrás, tratando de seguir aunque no puedan con su alma. Se rompen meniscos y ligamentos, se raspan enteros, pero no pueden faltar el sábado.
Algunas esposas los entienden, otras los martirizan con eso del abandono y todas, finalmente, los ignoran y hacen la suya. Para describir al Tato, casi casi hay que repetirse. Son dos clones con el Toti. Flacuchos, poco pelo, destreza natural, un 10 goleador y también un fumador incansable. El Tato es consumidor hartante de Marlboros. Solo los diferencia que el Tato, fuera y dentro de la cancha, tiene un carácter podrido –la tanada le salta de la nada– que sólo le bancan los compañeros de fútbol y de juergas. Es un jugador nato, de esos que cuando se ve en una foto, orgulloso, dice: –Mirá, qué porte de futbolista. Y tiene razón. Fue y es un maestro para jugar, pero es tan renegado, que dos por tres se calienta y deja al equipo sin su presencia porque alguna bronca se le cruzó por delante.
El Tito es de otra clase. O mejor dicho, es inclasificable. Sanjuanino que no ha perdido el cantito, pese a que se fue de chico de la provincia, sus méritos mayores son: contador buenísimo de chistes y asador de lujo. Es el inflador anímico del equipo, diría el Bambino. No va al banco porque sus pares le tienen demasiado aprecio. Pero, juega poco y mal, muy mal. Ni puesto fijo tiene. Sólo cuenta con una certeza: nunca lo elegirán para estar en la delantera. Puede jugar de 4, de 6, de 5, de 3, no importa. Él se esmera y corre con unos trancos torpes, llevando a cuestas su sobrepeso, ese que jamás intentó reducir. Mientras trajina el verde está pensando en el vinito que se tomará, en el fuego que encenderá y en la carne que tirará sobre el asador. Las tres cosas en ese orden. No se puede negar que el tipo es meticuloso y organizado.
Porque es él quien se encarga de comprar todo en el súper el sábado a la mañana para servir después a sus compañeros. En el fondo, el Tito es un sibarita y los demás, agradecidos. Como en este tipo de torneos se pueden hacer varios cambios y salir y volver, el Tito no pierde el tiempo y va preparando el asado, alejado solo unos metros, y mientras acomoda la leña, lanza a sus compañeros, gritos-frasesinsultos, de aliento. Ese sábado iba a ser fatal sin el Tito. –Descendemos Toti, dijo el Tato, descendemos. –Hay que encontrar al Tito sí o sí. Pero no se animaban a llamar a la mujer porque la Claudia es brava y no tiene ni media pulga. –¿Qué hacemos Tato? En realidad, el Tato nunca lo había confesado pero ya estaba harto de la esposa del Tito. –Ma sí, yo la llamo, si igual me va a contestar para el culo como siempre, se empezó a engranar el Tato. –Si te animás, le contestó el Toti. –Pero no seas cagón Toti, esto es serio. –Bueno, dale, llamala, se resignó el Toti, que tenía mucho carácter pero no el suficiente como para confrontar con una mujer.
El Tato marcó el fijo de la casa del Tito. –Hola, dijo una voz femenina. El tono desubicó al Tato. No era la Claudia. Mental y velozmente empezó a descartar: tiene dos pibes, la madre falleció, no tiene hermanas, la cuñada está peleada con el Tito así que no va nunca a la casa. Terminado el listado preguntó, casi sin aliento: –¿Quién habla?, ¿está el Tito? Habla el Tato. Del otro lado, la respuesta fue cansina e irónica: –¿Qué quiere que le conteste primero? Ya totalmente desorientado, el Tato repreguntó: –¿Quién habla? –La empleada, señor ¿cómo me dijo el apellido?, se burló. –Ah, la empleada. La flaca esa, pensó el Tato. ¿Qué hacía un sábado en lo del Tito? –Soy el Tato, un amigo del Tito. ¿Me pasa con él? –No va a poder ser, el señor Francisco no está. –¿Y dónde está?, descerrajó el Tato. –Mire, yo a usted no lo conozco –lo ninguneó–, así que no puedo darle esa información, señor ¿cómo me dijo que se llamaba? –¡Soy el Tato! ¡El Tato! ¡El amigo del Tito!, contestó ya recaliente. ¿Dónde está el Tito?
Lo estamos buscando, es urgente, es de vida o muerte. –Ah, bueno, si es así, le digo. Se fue ayer con la señora. Se fueron de viaje, a festejar los 25 años de casados, ¿usted no sabía nada? Al Tato no le cayó la ficha enseguida. La respuesta quedó en suspenso por largos segundos. –¿Está ahí señor? ¿Me escuchó? Mudo, el Tato. De pronto se había acordado que un mes atrás, más o menos, el Tito le había comentado, casi como al pasar, que se venía el aniversario y que la Claudia lo estaba apurando con un viaje. Lo decía con vergüenza, mirando para el costado. El Tato no le había dado bola. La verdad es que lo había mandado al diablo: –No seas gobernado, che. Hacete una flor de joda acá y chau, le recomendó. –Es que la Claudia viene ahorrando desde hace un año y quiere que sí o sí hagamos un crucero por el Caribe. –No jodás, hacelo acá, le había insistido el Tato.
¡Pero qué criatura estúpida! –Señor, ¿me escucha? ¿Se habrá cortado? Sí, se había cortado. El Tato tiró el teléfono con violencia hacia cualquier lado. Cuando volvió a encontrar el inalámbrico, llamó al Toti y le contó desesperado lo que acababa de confirmar. Desconsolado y abatido, el Toti le contestó: –Estamos fritos, Tato. Se acabó. Lo perdimos. ¿Querés tragedia mayor? El Tato, insólitamente, se empezó a reír y a reír y a reír. –¿De qué te reís Tato? Estás loco. –De vos, de mí, de todos nosotros.
