Raúl Ernesto Piñel salió de la cárcel el 20 de junio de 2008. Para sus familiares y amigos se transformó en un completo extraño. Lo que no imaginaron es que mataría a su padre y se comería el corazón y los riñones a la provenzal.
Sería un caso más de “parricidio”, salvo por algunos detalles de un crimen que fue realmente espantoso. Piñel no sólo mató a su padre, lo descuartizó y calcinó parte de sus restos, sino que también lo evisceró, eligió los riñones y el corazón, los cocinó en una cacerola y se los comió. Eso lo convirtió para siempre en el “Hannibal Lecter” de la historia criminal argentina.
Este espeluznante caso se descubrió el domingo 29 de junio de de 2008 en una humilde vivienda de ladrillos del barrio Don Cándido de la localidad de Daireaux, una ciudad rural de la zona oeste del centro de la provincia de Buenos Aires, ubicada a poco más de 400 kilómetros de la Capital Federal.
Allí vivía la víctima, Raúl Prudencia Piñel, un trabajador rural de 57 años. Alejado de su familia, Piñel padre tenía fama de ser un hombre y duro y violento. Su mujer y sus cinco hijos -entre ellos el homicida-, lo abandonaron cansados de sus palizas, según lo que cuentan las crónicas policiales del momento.
Aquel domingo un vecino pasó a saludar a Don Piñel pero no lo encontró. En la casa estaba su hijo Raúl Ernesto, en aquel momento de 32 años, quien el viernes había dejado, con una salida transitoria, el penal de Urdampilleta, donde cumplía una condena por robo calificado.
El vecino fue directamente a la policía. Desde la puerta, había llegado a ver algunas manchas de sangre dentro de la casa.
Una comisión policial llegó a la vivienda de la calle Antártida Argentina entre Moreno y Saavedra, y se encontró con el horror puro.
Llamaron a la puerta, los atendió Piñel hijo y sus manos ensangrentadas ya lo delataban. Los dejó pasar sin decir nada. La sangre también estaba en las paredes y en el piso. En la cocina, los uniformados encontraron desparramadas algunas vísceras y hasta un pedazo de columna vertebral. Otros restos humanos estaban seccionados y calcinados dentro de una estufa del tipo salamandra que había en la casa.
“¿Dónde está su padre?”, le preguntaron los policías. “Ahora lo tengo bien adentro”, les contestó Piñel con una frase que los efectivos recién entendieron cuando vieron lo que había dentro de una olla y se dieron cuenta de que estaban frente a un caníbal.
Al ser considerado peligroso para sí o para terceros, Piñel hoy está alojado en el neuropsiquiátrico que funciona en la Unidad 34 del Servicio Penitenciario Bonaerense (SPB), en la cárcel de Melchor Romero, en el partido de La Plata.
