Buenos días, a pesar de todo. Hablé con la gente de la Asociación de Perros Argentinos –APA–. Nos encontramos con su presidente, el Chicho, un dogo argentino más feo que apretarse los dedos con una caja fuerte. La reunión fue en el Parque, porque él quería tener cerca un baño. Me sirvió de traductor el Perro Videla. Lo primero que me dijo Chicho fue que, para ellos, la situación actual es muy jodida. Le dije que no dijera “jodida”, porque íbamos a publicar el texto en el diario. Agregó que son muchas las cosas que tienen los perros de qué quejarse. Por ejemplo, la calidad del alimento para perro en bolsas deja mucho que desear, se nota que le meten mucha soja y poca carne. Se quejó de las críticas desmedidas que soportan los perros, porque algunos ejemplares atacan a los humanos. “¿Es que los humanos se portan bien con nosotros, ah? Nos viven echando de todos lados, nos encierran en departamentos con aire acondicionado pero sin tierra para enterrar los huesos. Nos piden que les cuidemos la casa pero no se les pasa por la cabeza comprarnos chalecos antibalas. Además, los únicos preparados para estos menesteres son los perros de policía. ¿Cómo le pueden pedir a un chiguagua que ataque a un ladrón? También, los culillos nos tiran cascotes cuando realizamos el acto sexual, no nos podemos concentrar”, enumeró. A esta altura, el dogo argentino hizo un alto para saludar a un perro salchicha que venía huyendo de un fabricante de panchos. Luego, agregó: “Pero lo peor nos llega ahora. Estamos temerosos de lo que ha de ocurrir. Para ustedes el fin del mundo es el 21D, pero, para nosotros, el fin del silencio es el 25D. Estoy hablando de los cohetes, reafirmó. No se dan cuenta los humanos de que nosotros tenemos los oídos más sensibles, y los cohetes nos molestan, nos hacen daño, nos mal disponen. En la última Navidad hubo chocos que terminaron estresados, pidiendo, al menos, un Lexotanil en la vereda del Hospital Central. Otros tuvieron que someterse a tratamientos antidepresivos y nosotros, señor, no tenemos mutual que nos ampare. En ese momento comenzó a rascarse. Me dijo: “No tema, no son pulgas. Es urticaria, el chocolate. Ayer, mi amo me regaló un kínder sorpresa. Había un perro de juguete adentro”. Por último, el dogo agregó: “Yo no digo que no festejen, pero aflójenle a los cohetes. A ver, si hubieran tirado tantos cohetes en la primera Navidad, no hubieran dejado descansar al niñito y eso me parece una falta de respeto. Ustedes dicen que son nuestros mejores amigos, en fin, con amigos con ustedes, ¿para qué necesitamos enemigos?”. Se fue lentamente, con la cola entre las piernas y las orejas largas, para peor.