Buenos días, a pesar de todo. Se acercan las fiestas de fin de año y hay que tomar una decisión. Estaba un amigo en una parada de micro cuando se acercó una señora y le preguntó: “Señor, ¿sabe dónde pasa el 31?”. Y mi amigo respondió: “Creo que en casa de mis viejos”. Hay que tomar una decisión. Lo tradicional es pasar la Navidad en la casa de los padres de ella y Año Nuevo en la de los padres de él. El lío lo tienen los culillos de estas épocas divorcieras, porque se les han duplicado las opciones. Ellas son: pasar las fiestas con los padres de papá o con los padres de la nueva esposa de papá, o con los padres de mamá o con los padres del machacante de mamá. No es fácil, che. A los indecisos los mata el surtido. Pero, suponiendo que las alternativas sean las de un matrimonio aún no separado, especie en vías de extinción, yo les daría algunos consejos para tener en cuenta a la hora de elegir. Deberá usted fijarse en cuál está más cerca, porque después del aquelarre chupativo es altamente probable que usted al manejar no sólo esté en curda, sino que se duerma, y no es bueno pasarse el 25 tratando de conseguir algún bombero voluntario o no, que le saque el auto de dentro del carolino. Otra consideración a tener en cuenta es qué suegra habla más. No importa que cocine mal y que el vitel toné le haya salido negro oscuro, o que le haya echado leche al clericó. No importa. Si habla poco, todo está bien. Otra consideración es en cuál casa va a haber menos culillos. Esto es fundamental, porque los niños se ponen más molestos que seis llagas en la misma lengua y hay que bancárselos tirando petardos, trompeándose con los primos y preguntando a cada dos minutos ¿qué hora es? para calcularle el arribo a Papá Noel. Otra consideración importante: enterarse de quiénes van a estar, además de ustedes y los viejos, y los hermanos de los viejos, y los hermanos de ustedes. Si la cantidad excede los trescientos cincuenta, no vaya, porque va a terminar comiendo una feta de pan dulce, chupando con suerte un vaso de sidra con soda, y saludando a dos docenas de primos de cuya existencia no tenía la menor idea. No es negocio. Por último, elija la casa que tenga el choco más bueno y calmo. Porque es muy probable que los dueños de casa no se ocupen de usted por ocuparse de la locura del perro con los cohetes y lo peor es que, para que se tranquilicen, los dejen sueltos. No es nada cómodo comer una pata de pollo con un rotweiller en la falda. Eso sí, en Navidad, vaya donde vaya, lleve los regalitos que son indispensables y ponga bien los cartelitos de cada uno, porque puede ocurrir que su suegro termine luciendo un hermoso corpiño de encaje, su cuñada una pipa, su cuñado un quitaesmalte y su suegra… y su suegra… bueno, la escoba le sienta bien.