El país de los presidentes es siempre igual. Cambian los interlocutores, pero, salvo alguna que otra diferencia filosófica, las propuestas y la visión del futuro que se anhela pasan por los mismos lugares comunes. Incluso, ahora, se sumó la despenalización del aborto; un tópico que inauguró Mauricio Macri en una apertura de Asamblea Legislativa y que retomó Alberto Fernández.
Mejorar la educación, crear fuentes de trabajo, establecer políticas de Estado en temas de seguridad y energía, promover el desarrollo científico y tecnológico y estimular el desarrollo de la industria del conocimiento. Nada nuevo. Todo trillado. Suena una y otra vez como un libreto que debe respetarse al pie de la letra. Y, paradójicamente, ninguno de esos objetivos logra concretarse. La pregunta es por qué. La respuesta es simple: porque, hasta ahora, ningún gobierno decidió realizar cambios profundos, de raíz, separados de cualquier intención electoral y con una lucha contra la corrupción basada en la tolerancia cero. Hasta que eso no ocurra, los discursos no serán más
que eso: discursos.
El mítico país de los presidentes
