El paciente 98. Todos hablan de él. Se convirtió en un personaje en Mendoza a pesar de que pocos conocen su nombre y apellido. Casi que ya perdió su identidad como tal. Pasó a ser un número clave en el desandar de la pandemia de coronavirus. Hasta este martes, nueve personas que dieron sus testeos positivos fueron relacionadas con él. Pasó a ser el malo de la película. Hizo una fiesta cuando no estaba permitido. Se juntó con un montón de personas cuando no se podía. Supo, desde el primer momento, que había actuado de manera pésima. Se hizo cargo. Contó su versión de la historia. Tal vez, un poco endulzada. Quizá, decidió obviar detalles para evitar otro dolor de cabeza. Pero no pudo zafar: señalado, escrachado y denunciado.

Incluso, con todos sus errores, tuvo una virtud: su relato sirvió para facilitar la pesquisa epidemiológica. Estuve con este, con aquel y con el otro. A partir de ahí, la misión de los investigadores para detectar, testear y aislar, según fuese necesario. En definitiva, la única manera de seguir la cadena de contagios, poder adelantarse y darle un corte antes de que sea demasiado tarde.

Ni con esa información, el “ 98” pudo mejorar su imagen. Ni hablar cuando la ministra de Salud, Ana María Nadal, anunciaba –con sensatez– que se presentaría una acción penal en su contra.

Sí, se equivocó. Eso está clarísimo. Aquí entra en debate hasta dónde existió intencionalidad. Tal vez se maneje la figura de dolo eventual, además de la violación de las cuarentena. Es decir: una persona que sabe que puede cometer un daño y que, incluso así, sigue adelante. Lo suyo fue una imprudencia, una irresponsabilidad. Más allá de que en el momento de la supuesta fiesta no sabía que estaba enfermo, había una prohibición. Finísimo desde lo legal. Punto en su contra. Cuando lo supo, su cuadro no era precisamente leve. Según los partes oficiales, llegó al Hospital Español con un cuadro de neumonía.

El “98” agarró al resto con la guardia baja. Es, en parte, la consecuencia lógica de haber estado en alerta máxima más de dos meses, con todos los condimentos del caso: sobreexposición a la información, angustia familiar, incertidumbre laboral, desgaste mental. No es un justificativo ni una excusa pero vale como atenuante.

El “98” confesó y pagó. Además de estar enfermo, sabe que deberá enfrentar un proceso judicial. Ese precedente puede jugar en contra.

¿Quién va a contar la verdad de ahora en más? ¿Quién se va a animar a decir que estuvo en tal o cual lugar? Ya ocurrió algo parecido. Fue en el Valle de Uco. Dos enfermos y dos historias que nunca cuadraron para determinar de manera fehaciente el nexo epidemiológico. Una hipótesis fuerte, sí. Pero nunca la evidencia concreta.

Todos están expuestos; desde el que tomó absolutamente todas las medidas de seguridad y se baña a diario con alcohol en gel, pasando por los que suponen que la cuarentena es un invento del Gobierno para tapar la crisis, hasta quienes creen que el coronavirus no es más que una conspiración internacional ideada vaya uno a saber por quién. Y, ante un virus que no discrimina por sexo, edad, religión o clase social, el riesgo es que los próximos positivos ignoren el origen del contagio o con quiénes compartieron los últimos días. Se guardarán el secreto, esquivarán el escarnio público y evitarán convertirse en el nuevo “98”.