“Desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables. Impudencia, obscenidad descarada”. Así define la Real Academia Española (RAE) al cinismo. Precisamente, el cinismo es lo que domina la actitud, las posturas y el discurso de nuestros principales candidatos a quedarse con el poder institucional de la república para las elecciones que tenemos enfrente.
Tanto Mauricio Macri como Cristina Fernández han demostrado y desplegado todo el cinismo del que son capaces de albergar. Si bien Cristina no es la que encabeza la fórmula opositora al oficialismo con serias chances de arrebatarle el poder, todo el mundo sabe que es quien posee los votos de un peronismo que se ha agrupado detrás de su figura, aceptando a Alberto Fernández como la cabeza de la entente por el exclusivo asunto de que ella así lo ha ordenado y dispuesto. Macri y Cristina han demostrado ser cínicos o hipócritas –o ambas cosas– detrás de la reelección el primero y la vuelta al poder, y seguramente la impunidad judicial, la segunda.
En el medio, los millones de argentinos que con su voto definirán el fin de una campaña que lejos ha estado de configurar un paquete de ideas y medidas serias para sanar al país de las enfermedades que padece. Toda una tragedia que se viene arrastrando por demasiados años. Macri y Cristina mienten con descaro porque ninguno de los dos tiene la mínima idea de cómo se solucionarán los problemas más urgentes que tiene el país. Por eso se han trasformado en cínicos profesionales, alardeando de lo que creen ser y descansando en los diseños de campaña de los publicistas que para eso trabajan junto con ellos: para hacer lo que sea necesario para imponerse en la batalla electoral.
Macri ha sobreactuado el único punto en el que su gobierno ha sido sólido y fuerte, que no es poco: se trata del funcionamiento de las instituciones, del respeto a ellas y en permitir el desenvolvimiento de una democracia republicana. En todo lo demás ha fracasado estrepitosamente; un fracaso que se ha convertido a todas luces en su talón de Aquiles, en su debilidad extrema y en la amenaza más clara que se cierne sobre su gestión.
Cristina, por su lado, viene desplegando toda la capacidad cínica de la que posible por medio de las presentaciones de su libro Sinceramente, que le ha servido de plataforma para su candidatura. Eso fue lo que demostró –y claro que no defraudó–, el sábado en San Martín. Mientras Alberto Fernández, el abanderado de la fórmula peronista que ella construyó, se esfuerza por buscar los votos que el kirchnerismo no tiene para alcanzar la victoria entre los indecisos, independientes y los millones de defraudados que ha dejado el macrismo, Cristina les habla a los convencidos, a los integrantes de su liturgia exclusivamente.
Hay que señalar que la actitud asumida por la ex presidenta y actual senadora nacional a esta altura sorprende un poco, porque puede que sea un derroche de energía inútil. Cristina no ha logrado hacer carne esa descripción que hacen de ella quienes están más cerca; esa que asegura que cambió y que modificó sus formas, posturas y modos y que en verdad se ha arrepentido de los errores que cometió al frente de sus dos gobiernos. Porque si así fuera, las presentaciones de su libro le darían la oportunidad de demostrarlo sin dejar lugar a dudas y de manera cabal.
Pero, para su audiencia –como también hay que decirlo para el costado de la grieta fanatizada con Macri por el sólo hecho de usarlo como un tapón infranqueable para que el kirchnerismo no retorne al poder–, todas aquellas cuestiones que tienen que ver con el cómo llevarán adelante el paraíso que prometen son pérdidas de tiempo y hasta superfluas o inútiles. Por eso, ninguno de los dos les están hablando ni se están refiriendo a los sectores medios, aunque así lo digan. Son los sectores medios los que han llevado adelante el esfuerzo y el sufrimiento de las malas políticas económicas del gobierno de Macri y son los mismos sectores los que durante el último kirchnerismo comenzaron a cambiar sus hábitos de consumo por las segundas o terceras marcas, que no aparecieron ahora de la noche a la mañana, sino que todo el mundo las conoce y sabe hace años que las tenemos en las góndolas.
Resulta, por caso, sorprendente, cómo Cristina, particularmente, está haciendo girar su exclusiva estrategia de campaña, en la que no participa Alberto, en torno al consumo de los productos “Pindonga” o “Cadorna” que florecieron durante su gobierno. En todo caso, se trata de un fracaso que comparte con Macri. Como cuando habla de las pymes y la debacle de aquellos pequeños empresarios que las conducen. O cuando pone el acento en las maltrechas economías regionales, las que vienen padeciendo el ostracismo y el olvido de las políticas oficiales desde sus propios tiempos, situación que Macri no mejoró. Allí están, como ejemplo, lo que representan las pymes de la microeconomía mendocina, los productores agropecuarios, los minifundistas, los que administran parcelas de no más de 10 hectáreas cultivadas, por dar un número. Les iba mal y les sigue yendo mal.
Quizás, el caso más emblemático a nivel global de su alocución cínica de San Martín haya sido el ejemplo de Sancor, una cooperativa que encontró el declive definitivo durante los años en los que la ex presidenta gobernó, por culpa de las políticas que la afectaron puntualmente y por los acuerdos que el país había alcanzado con la penosa Venezuela chavista. Una Venezuela que ahora la usan tanto unos, quienes gobiernan, como otros, quienes le dan vida a la oposición.
