Un año atrás, la magnífica imaginación política de Cristina Fernández de Kirchner concebía la idea de encumbrar a la figura de Alberto Fernández en el primer lugar de una fórmula presidencial, de la que ella formaría parte fundamental, para competir con un decadente Mauricio Macri, que, desde el momento en que se disponía a buscar la reelección al frente de la conducción del país, comenzaba, a la vez, a despedirse de ella en un final cantado que muchos conocían de antemano, en particular algunos de los socios que conformaban aquel gobierno de Cambiemos que, al final de cuenta, tiene para mostrar –al menos, con orgullo– haber sido el primero no peronista en terminar su mandato constitucional en casi cien años.

En las últimas horas y como modo de recuerdo periodístico y de puesta en valor para la militancia, más que nada, no han sido pocas las crónicas que se inundaron de las interminables alusiones a la figura y visión política de la actual vicepresidenta de la Nación y presidenta por dos veces del país, tras aquella decisión que se entiende como un renunciamiento histórico para darle cabida a quien, en definitiva, podía asegurarle al peronismo la vuelta al poder. Es que, nadie vio venir aquella jugada magistral, una jugada magistral en un tablero político, hay que decirlo también, venido a menos y desprovisto de talento y de miradas estadistas.

Un asunto incomprobable, pero con mucho color y posible dosis de razón, da cuenta de que si Cristina se presentaba sola a la elección presidencial contra Macri, caería derrotada porque no le alcanzarían sus atributos frente a la mayor cantidad de rechazos que su figura representaba un año atrás y que posiblemente todavía siga representando. Nadie puede hoy afirmar que aquello hubiese sido de esa manera.

Pero, de lo que poco se habla, y pocos hablan en verdad, además, es de que el gobierno de Macri a esa altura de las circunstancias tenía la suerte echada. Una administración que tan solo cuatro años atrás había alcanzado el poder bajo la promesa de no solo adecentar al país, de permitirle a su gente reencontrarse y volver a soñar con las instituciones en pleno funcionamiento y una república en marcha, comenzaba a fracasar rotundamente sin que la cúpula de aquel gobierno, tan siquiera, se diera cuenta. Al desastre económico acontecido, por mérito propio y razones exógenas, al panorama de corte negativo que rodeaba a esa administración había que sumarle, también, la arrogancia, la soberbia y la miopía política de un elenco de gobierno que, como bien le refriegan irónicamente sus opositores, hoy en el Gobierno, había conformado el mejor equipo en la conducción del país de los últimos cincuenta años.

Jaime Durán Barba, el gurú ecuatoriano que condujo a Macri a casi una docena de triunfos electorales o más, pero que se encontró con la dura derrota del 2019, dijo ahora, para el aniversario de aquella decisión de Cristina de no disputar la Presidencia para, en su lugar proponer con éxito a Alberto Fernández, que no vio venir el triunfo del actual presidente y que, en cambio, pensaba que “Cristina ganaba sola”.

Pero, lo que Durán Barba no vio, posiblemente, es que aquel gobierno del que formaba parte asesorando a su líder había perdido ya a esa altura toda chance de ganar la reelección, una meta que, para la mayoría de las administraciones, no sólo hubiese sido natural sino también una travesía sin sobresaltos. Macri y su entorno resultaron ser los máximos responsables de aquella derrota, en primer lugar, por desoír los reclamos de corrección del rumbo que les hicieron algunos de sus socios cuando aún podían salvar parte de la ropa. Y su responsabilidad particular sobre la derrota electoral y la no llegada a buen puerto de aquella gestión con el tiempo se irá, posiblemente, agigantando por haberse constituido Macri junto con un entorno cerrado, terco y hasta, probablemente, autor de oscuras maniobras financieras irregulares –un tema que la Justicia tendrá que dilucidar en su momento–, puede que sean mucho más relevantes si se repara que en el 2015 había conducido un fuerte intento por cambiar el paradigma de la historia circular de Argentina; una historia de la que su pueblo, y desde ya su dirigencia, no puede, no sabe o no quiere terminar de zafar nunca.

Y, a un año de aquella jugada política magistral de Cristina, tan magistral porque no tenía otra opción o porque entendía e interpretaba con claridad lo que se cocinaba a fuego lento –y quizás entienda en la actualidad mejor que nadie el pulso político del país–, no estaría nada mal desearle a un presidente que en su momento supo tomar distancia de las prepotencias varias del poder absoluto, de las arbitrariedades en nombre de ese poder, del festival de abusos precisamente de poder, del avasallamiento de no una sino de muchas garantías constitucionales como la de la libertad de expresión y de los insultos a la república cometidos hasta no hace mucho, retomar el camino de las instituciones y honrarlas, como corresponde. El país, más tarde o más temprano, se lo agradecerá infinitamente.