Llega un punto en que al público en general poco le importan los tecnicismos jurídicos. Que le digan si algo es legal o no; si corresponde o si es una ley mal interpretada, no sirve de nada en medio de un contexto de crisis como el que está atravesando Argentina. Por lo tanto, todo es tomado como una señal del modo en que se administra el poder en el país.
Tampoco le sirve que le recuerden que la Constitución Nacional contempla la división de poderes entre Ejecutivo, Legislativo y Judicial si cada vez son más los artículos de la Carta Magna que son violentados sin que eso tenga consecuencias. Por lo tanto, en la conciencia colectiva, el Estado es uno solo. La explicación es simple: es lo que se ve. El resto es pura cuestión retórica sobre un ideal, por ahora, imposible de poner en práctica.

La excarcelación de Lázaro Báez es una de las señales. Representa, en un primer golpe de vista, impunidad. Los fundamentos judiciales quedan de lado, forman parte de un decorado en el que sólo creen quienes hicieron de un modelo político una cuestión de fe; un dogma.

Incluso, la caución de más de 600 millones de pesos que debe pagar para recuperar su libertad es un indicativo para analizar y que no hace más que alimentar el prejuicio que existe sobre quien montó un imperio en tiempo récord y bajo el ala de la obra pública.

Entonces, la idea de justicia se desvanece. Deja de ser una herramienta para garantizar la igualdad ante la ley y se convierte en un recurso para asegurar un tratamiento especial a los amigos del poder.