Independientemente de la simpatía o antipatía que pueda generar Donald Trump, el mundo acaba de darse de frente con una realidad que hasta ahora formaba parte de hipótesis o de teorías conspirativas. Si bien existían hechos concretos sobre cómo las redes sociales y las empresas que están detrás usaban y comercializaban datos personales de los millones de perfiles que interactúan en ellas, la reacción que tuvieron con las cuentas del hasta ahora presidente de Estados Unidos dejó en claro la manipulación política que existe y que excede la inteligencia artificial.

Ya no se trata de algoritmos que analizan los patrones de conductas en la web y que, a partir de allí, hacen sugerencias tanto comerciales como de amistad o de personas que podrían ser conocidas. Al final del camino, decididamente, hay una intencionalidad comandada por gente que responde a sus propios intereses ideológicos. Sólo así se entiende el nivel de censura al que fue expuesto Trump y que refleja una doble vara en la administración de las cuentas, donde los peores dictadores y asesinos a nivel mundial pueden publicar discursos de odio y de racismo sin ningún tipo de restricción o sanción.

Pero va más allá de este episodio. Los medios de comunicación también han sido blanco de estas arbitrariedades. Se juzga la veracidad de un hecho no por las fuentes que puede presentar un medio, sino desde la subjetividad de las redes y de las firmas que trabajan en el chequeo de la información; en algunos casos, con vínculos comerciales y políticos con sectores interesados en que tal o cual hecho no se difunda. Y, de pronto, se erigen como autoridad moral y con control policial para fijar agendas de temas y decidir de qué se habla y de qué no.