Al principio, si es que alguien se acuerda del principio, fue difícil. Nos enfrentamos a una situación inédita. Primero era culpa de un chino que no le pegó al punto de cocción del murciélago, después que total acá no llegaba porque estábamos lejos afirmó sonriente la mayor autoridad sanitaria del país y ningún epidemiólogo salió a contradecirlo; que con un tecito se pasaba enseñó la mayor autoridad del país y todos hicieron “ejem” en el codo. En fin, que era una gripe más y peor que la gripe eran los chetos. Había que desconfiar de cualquier cheto al que se le ocurriera entrar por Ezeiza. El problema no era una peste de las que cíclicamente existieron en la humanidad. No. El problema era que el mundo es un sitio injusto en donde había ricos y pobres y por suerte el Estado –manejado por archimillonarios con archifortunas desconocidas o mejor, archiconocidas por todos menos por la justicia- combatía al capital, Perón, Perón, qué grande sos. Bueno, tampoco desconfiar tanto, al cheto desconsiderado que se había gastado los ahorros de un año para mojarse los pies en la playa de Ipanema con una pizza en cono en una mano y una latita de cerveza Antártica en la otra, mirando las islitas allá lejos, le daban en el avión de regreso un papelito que tres militantes tenían que pedirle al desembarcar. Pero que a veces no lo pedían porque coso. La culpa la tenían los miserables que habían viajado. Por suerte un día dijeron “Aerolíneas Argentinas se va a hacer cargo y en el mayor coso de la historia histórica del mundo mundial los va a traer a todos de regreso porque somos Argentinos, que es lo más grande que hay” y listo. Trajeron a algunos inaugurando las “tarifas locas”, también llamadas “te cobro lo que se me ocurre porque es la única manera que tenés de volver y además aplaudime, miserable, ¿no ves que somos la línea de bandera?”. Los que no pudieron volver en esos vuelos son apátridas egoístas a los que les siguieron cobrando el 30% solidario. Pero los culpables no fueron sólo los chetos insensibles, también los empresarios miserables; los empleados miserables; los jubilados miserables que insistían en juntarse por millones en las calles, viejos ambiciosos desmedidos que porfiaban en cobrar una jubilación miserable y hasta tuvieron el tupé de desmayarse en las colas de seis horas de madrugada sólo para desbaratar los planes de los epidemiólogos empoderados. Por suerte los epidemiólogos oficiales se jugaron por la verdad y pusieron la cara para decir que un millón de personas en las calles no eran tan grave porque coso. Y que bueno, tampoco es tan importante el tema de los test porque la cuenta se puede llevar por los muertos. Un cuentamuertos, como un cuentaganados. La Organización Mundial de la Salud recomendaba test, test, test pero para eso deberían haber comprado test, test, test en enero y para eso la mayor autoridad sanitaria no debería haber dicho que China estaba lejos y los epidemiólogos deberían haber avisado que China estaba lejos pero no tan lejos. No lo hicieron porque coso. En esos días, vos no podías sacar a tu nene a dar una vuelta al perro. Al perro sí lo podías sacar. La culpa la tenía un surfer con cara de banana, convertido en un rugbier del agua, responsable de todos los males del país desde que Marianela le hizo la espontánea a Diego en Gran Hermano para acá. Después, de golpe, todos adentros menos Tinelli y la presidenta vice. No sé si se acuerdan pero estábamos emocionados: las series que no habíamos podido ver por falta de tiempo, los chicos en casa, la masamadre y el susto padre. Entonces salíamos a cantar el himno porque era la guerra. ¡El que no salta tiene covid!¡El que no salta tiene covid! El Presidente dejó de ser Coso para ser SúperAlberto tapa de Noticias, en pareja con Evita Milennial, tapa de Noticias. Dio clases con una filminas confusas emocionando hasta las lágrimas a científicos tan científicos que nunca desconfiaron de las cifras del INDEC ni de los muertos de la inundación de La Plata ni mucho menos de a cuántos grados los murciélagos se estarán cocinando en la estación Bajada del Agrio en Neuquén que depende de los altos mandos del Ejército Popular Chino. En fin, después los chilenos se quejaron por las filminas pero ya SúperAlberto había vuelto a ser el Presidente Coso porque como supimos en aquél momento la peste no te cambia, te devela. Entonces, en lo que después calificó como “un error involuntario”, (algo así como un sin querer queriendo porque hay que ser bastante coso para cometer errores voluntarios), apretó dos veces su teléfono para hacerle bullying a un periodista que desde ahora en más será, por los siglos de los siglos, “un gordito lechoso”. En el medio hubo una teletón que pasó tan inadvertida como la propia primera dama, que iba a ser central y a la que mandaron al final de todo porque notaron que el horno no estaba para bollos. Ni para donaciones, por lo que se vio del resultado final. Por el mundo quedaron un montón de argentinos varados pero se fueron muriendo tan lentamente que ya todos pudieron hacerse los desatendidos. Los únicos vuelos importantes fueron los de Aerolíneas Argentinas, piloteados por héroes sacados de una publicidad de YPF, que llegaron a China repitiendo el vuelo que alguna vez la empresa hizo con Videla, a buscar material chino que es de esperar no sea como la que mandaron a España, Holanda y Turquía que, como dijo la BBC, no se puede usar porque es defectuoso. En aquella época aparecieron también “médicos cubanos” que ni cumplieron con la cuarentena porque la Isla garantizaba que ya venían con cuarentena hecha, algo tan sospechoso como el título de médicos que no pudieron defender en exámenes de capacitación en Uruguay, en Perú o en Brasil. Después de todo, venían de un país sin jabón, pobre gente, tenían medio un estándar bajo. Los que sí estaban capacitados para su trabajo fueron los venezolanos que, con títulos de ingenieros o pediatras, recorrían la ciudad en sus bicicletas llevando empanadas. Los mismos venezolanos que semanas antes habían sido denostados por los más progres argentinos, aduciendo leyes sindicales de las que se olvidaron instantáneamente cuando vieron que se podían quedar sin su sashimi ni su nigiri con las cuales acompañar las clases de marxismo por zoom.

Pero eso pasó hace mucho, mucho, mucho tiempo.

Hoy, 19 de abril de 2026, casi ni tenemos memoria de aquellos primeros días de la peste. Seguimos encerrados en nuestras casas sin sol. Hemos aprendido a despinar los cactus del balcón y hacernos sopas riquísimas para pasar el hambre. Estuve viendo unas fotos de gente de mayor edad, creo que algunos eran parientes míos. Ellos fueron los primeros que tuvieron que pedir permiso diario para comprar yerba. Las autoridades estaban convencidas de que, por ser mayores, no entendían la gravedad del problema. Por suerte ya no es necesario salir para comprar yerba. Ya no hay más yerba. ¿Y si no hay yerba, qué se hace? El Estado nos había enseñado hace unos años que podíamos masturbarnos si es que después nos lavábamos. Lamentablemente en aquella conferencia de prensa nadie preguntó qué mano había que usar, qué hacer con la otra, cuántas veces, en qué pensar. Se nos hace todo difícil si el Estado no nos dice claramente cómo actuar. ¿Se acuerdan de Plumi, mi amigo plumero? Al comienzo de la peste estaba iniciando una relación con Escoba, ahí en el placard. Bueno, un día salió del placar y la encontró teniendo sexo virtual con un escobillón. Fue un lío pero después de un tiempo se volvieron a hablar. El país entendió que los valores republicanos eran una molestia en medio de la peste y aceptó tranquilamente en nombre de la salud que el Poder Judicial y el Poder Legislativo entraran en un letargo del que ya no salieron. Los DNU son más rápidos, más directos y eliminan la burocracia. Tanto que dejó de hacer falta el Boletín Oficial, ya no hay sobreprecios en las compras del Estado desde que los 14 “renunciados” del Ministerio de Acción social, coso. Tampoco hay sobreprecios en los pequeños negocios de cercanía como empezaron a decirle al almacén porque ya no hay negocios de cercanía. Los intendentes fueron cerrándolos de a uno, se quedaron con la mercadería y la repartieron según su leal saber y entender. Claro, la mercadería se terminó hace unos tres años y ahora, como estamos en default, sólo nos queda vivir con lo nuestro. Sólo que lo nuestro ya no existe, desapareció. Como el plan de protección a testigos que terminó en manos de los denunciados por los testigos que tenían que proteger. Con un DNU le cambiaron el nombre a “Plan de desprotección a testigos” y listo. Tampoco hace falta ya pedir permiso para pasear a los perros. Es más, ¿notaron que pocos perros hay? Tinelli, por lo pronto, sigue paseando sin problemas de provincia en provincia eligiendo ya no bailarines, sino sobrevivientes del hambre. “Bailando por un chipá” es todo un éxito.

Sin embargo, a veces, mirando fijamente la pared de enfrente, recuerdo con nostalgia las discusiones políticas; la idea de que la vida valía la pena; los padres enseñando que si hacías las cosas bien te premiaban y si las hacías mal, te iba mal; la división de poderes que se controlaban mutuamente; la democracia en donde todas las voces valían lo mismo; el desprecio que sentíamos por esos políticos enriquecidos vilmente que daban clases de moralidad y le ponían épica a sus groseros hurtos, a su arrogancia ignorante; la libertad, que es lo único que asegura que al final, las cosas se arreglan.

A veces creo que todavía es 2020 y estamos a tiempo antes de que ya nada valga la pena.