Para la mayoría de los jefes de Estado árabes, el fin de la carrera política de Mahmud Ahmadineyad sería motivo de celebración en casa.

Sin embargo, casi todos los políticos de la región observan preocupados las protestas contra el presidente de Irán desde que se conocieron los resultados de las elecciones. Por un lado, temen que el virus de las quejas pueda expandirse desde el país persa a la población patria descontenta y, por otro, tienen miedo de manifestar su opinión sobre lo que ocurre en la república islámica, después de que en los últimos días la cúpula de Teherán arremetiera contra varios gobiernos occidentales acusándolos de “intromisión”.

En el reino de Bahréin, gobernado por sunitas y con una población mayoritariamente chiita, la precaución en estos días es extrema. El objetivo es no enfadar al régimen chiita de Teherán, a fin de que el conflicto no traspase las fronteras nacionales.

El diario bahreiní “Akhbar al Khaleej” fue prohibido temporalmente la semana pasada después de que una articulista criticara duramente al Ejecutivo iraní. También en Irak, donde una alianza chiita es la fracción más fuerte del Parlamento, los sangrientos disturbios en el país vecino son un tema tabú.

Ningún partido chiita quiere perder la amistad de Teherán, que ejerce un gran poder en el Estado mesopotámico como socio comercial y entrenador de milicias. Y en cualquier caso, la mayoría de árabes sunitas en Irak creen que “de los persas no llega nada bueno”.

En Egipto, que desde la revolución islámica de 1979 mantiene una de las relaciones más tensas con Teherán, se especula al menos en los medios sobre posibles reformas en Irán.

“Quizá estas protestas abran las puertas a la creación de una segunda república, en la que se reflexione sobre las relaciones de poder de los líderes religiosos”, escribe el articulista egipcio Amro al Shobaki.

El movimiento chiita libanés Hizbollah, que obtiene sus misiles de Irán, afirma que no quiere entrometerse en el conflicto interno iraní. Pero al acusar a los Estados occidentales de azuzar las protestas en Irán se coloca del lado de Ahmadineyad y el ayatolá Ali Jamenei.

También les es fiel Siria, el país árabe que mantiene la relación más estrecha con Teherán. La prensa cercana al gobierno sirio instó esta semana a Occidente a no alentar más las protestas en Irán.

Y al mismo tiempo, proclama que hay un complot de “enemigos de Irán” dirigido desde el extranjero cuyo objetivo es derrocar a Ahmadineyad porque niega el Holocausto y apoya “la resistencia en Líbano y Palestina”.