Hace un mes se conoció una de las noticias más impactantes desde el retorno de la democracia en Argentina: el fiscal especial para investigar el atentado terrorista a la AMIA, Alberto Nisman, era encontrado muerto en su departamento.
Aún hoy no se sabe si fue un asesinato, si se suicidó o si, de confirmarse esta última hipótesis, alguien lo indujo para tomar una decisión tan drástica. En estos treinta días, además de debilitarse la vida institucional del país, comenzó a conocerse el desmanejo que durante todos estos años se hizo en las sombras, con los servicios de inteligencia respondiendo a diferentes intereses políticos y dejando de lado su rol clave para la lucha contra el delito.
