Es notable la impunidad y la imprudencia con que Alberto Fernández declara en las entrevistas que da, en el marco del final de su mandato; una gestión que no ha tenido puntos favorables. Ninguno.
Se terminan cuatro años en los que el poder estuvo ejercido por una persona que careció de todo tipo de autoridad moral; que mintió al pueblo; que hizo trampa; que se negó a ver la realidad y que, en medio de la crisis que atraviesa el país, literalmente desapareció, porque cada intervención pública suya le restaba posibilidades al candidato del oficialismo, que, en definitiva, ocupó el rol de presidente que Fernández dejó vacante en los hechos por incompetente.
Ahora, con la historia juzgada y a punto de entregar oficialmente el mando, hace balances de su gobierno que son vergonzantes y un insulto para los argentinos, que se acostumbraron a vivir en la angustia.
Alberto Fernández pasará a la historia por haber sido el peor presidente de la historia argentina. Y será un récord personal. Ni siquiera se puede culpar a su partido, cuyos integrantes lo llegaron a tratar de “okupa”. Terminan cuatro años de un presidente que denostó la investidura que el pueblo le dio. Que se quedó solo. Y que encima se da el lujo de hablar como si lo suyo hubiese sido un éxito.
