Muy poco cambió en estos últimos 20 años. Basta con repasar los indicadores sociales para entender que, a pesar de las variaciones económicas, financieras, políticas y sociales, Argentina parece estancada en el mismo punto de partida. Quizás en peores condiciones y con cierta resignación.

Los números de desempleo, de inflación y de pobreza espantan. La educación pública está en su punto más bajo. Y la degradación social, alimentada por una escala de valores absolutamente trastocada, donde el trabajo, el esfuerzo, el emprendimiento y el mérito están vistos como pecados. Son tiempos de achatamiento, de discursos que, bajo la consigna de justicia social, apuestan por la mediocridad, la excesiva corrección política y la romantización de la pobreza.

Argentina se convirtió desde aquel 2001 en un país sin rebeldía, con gran tolerancia a la indignación y con una carencia absoluta a disentir con el liderazgo político.

No hay poder de discernimiento. Quizá haya sido por esto de la grieta y porque el temor permanente de ser tildado de militante de algún “-ismo” caló tan profundo que convirtió a los militantes en fundamentalistas obsesionados con una guerra santa imaginaria, donde todos los días surge un enemigo nuevo, funcional al afán de mantener en alto un discurso combativo y, de ese modo, no tener que enfrentarse al desafío de plantear propuestas para construir un país medianamente serio.

Ya sin incitar a los saqueos a supermercados, la idea fue apoderarse de manera violenta de la memoria y de la verdad, resignificándolas y, en ocasiones, pervirtiendo esos conceptos.

Hubo en estos años un tiempo que invitó a soñar, que amagó a marcar un destino de progreso e institucionalidad. Fue solo una fantasía o hasta un recurso para ilusionar y no darse cuenta de que el país parece haber caído en un diciembre eterno.