Cuando se habla de encontrar una salida para terminar con la extorsión de los trapitos, se enfrentan los discursos políticamente correctos con quienes hacen explícita la sensación de sentirse amedrentados cada vez que estacionan su auto. En esta historia hay que encontrar un punto medio.

Dejar de justificar este tipo de conductas bajo los conceptos de inclusión e igualdad de oportunidades y entender, de una buena vez, que se trata de un actividad delictiva. Y que las medidas que hay que tomar tienen que empezar por ahí. No se puede justificar el delito. Después, sí, estudiar cada caso y buscar las mejores soluciones políticas para que todos tengan la posibilidad de acceder un trabajo digno.