Es usual escuchar a dirigentes políticos asegurar que su objetivo es llegar a cargos ejecutivos para provocar grandes cambios. Es más que nada una permanente expresión de deseo. La realidad marca que muy pocos lo consiguen. Uno de ellos fue Víctor Fayad. Duro, irónico, ácido y caprichoso. Un hombre que generó la polémica lógica que provocan quienes buscan estar siempre en la línea de fuego. Se lo vinculó a lo mejor y a lo peor de la política. Es algo que suele suceder con quienes saben diferenciarse del resto y trazar estrategias para estampar un estilo.

Basta con caminar por la ciudad de Mendoza para darse cuenta cuál era su estilo. Progresista, moderno y, por lo general, interpretando el gusto del vecino.

“Uno entra por Vicente Zapata al centro y ve una avenida impecable, ancha, que da ganas de manejar, como en las grandes capitales del mundo”, explicó alguna vez, cuando tomó la decisión unilateral de convertir al principal acceso a la Ciudad en una única mano de marcha vehicular.

Ese era su objetivo, sin dudas. Desde pelear en todos los frentes, ser un radical de esos que disfrutan inexplicablemente las disputas internas hasta convertirse en un bravucón cuando la situación ameritaba disparar títulos frente a los micrófonos.

Mantuvo siempre su postura, más allá de los oportunismos políticos. Y esa coherencia en el discurso la demostró en más de una ocasión cuando tuvo que reconocer los méritos de los partidos contrarios y criticar las miserias propias.
 

Fayad se convirtió en una de las personas más importantes en la mesa política mendocina desde el retorno de la democracia. Por eso, el impacto de su muerte. Porque estuvo siempre en la discusión, en el fragor de la toma de decisiones. Y porque su nombre, más allá de nunca haber podido llegar a la Gobernación, siempre fue sinónimo de Mendoza.