En poco más de una semana, los argentinos definiremos quién conducirá este gran barco por los próximos años. El problema es que lo hacemos sin una brújula confiable. El mar está picado: los precios nos hacen zozobrar de un lado hacia otro. El problema de la inflación nos golpea por varios costados; por empezar, a los que menos tienen y lo que consumen se vuelve cada vez más difícil de conseguir, cuando no inaccesible.

Luego, porque reduce las márgenes de consumo a tal punto que en las góndolas no se encuentran ni las segundas marcas o hay huecos en las mismas porque el nivel de especulación es grande. Y tercero, porque no hay una referencia para nada. Un kilo de asado puede llegar a salir lo mismo que una remera, por mencionar apenas un caso. Es decir, navegamos sin mapa hacia un horizonte que no sabemos dónde está.

Cualquier parámetro, en pocos días deja de ser útil. Sin capacidad para proyectar la economía, la macro y la micro, todas las decisiones que se han tomado en la Nación desde agosto han profundizado el problema. Si a eso le sumamos la devaluación del peso, somos un poco más pobres día tras día.

Hasta este punto, cualquiera de los que buscan llegar a la Casa Rosada se han mostrado como grandes analistas. Llegados a este punto, agobiados por lo que ya no podemos o dejamos de tener, no necesitamos que nos cuenten cuánto más hay que remar. Sí, que el mar se vuelva más apacible para nuestros esfuerzos diarios.