Imagen ilustrativa.

Hay cierta hipocresía en el análisis sobre la situación pediátrica en Mendoza. Todos los actores de esta historia intentan sacar algún tipo de rédito sin poner sobre la mesa un plan de discusión serio y que sirva para establecer un proyecto sanitario que apuntale especialmente la atención de niños, niñas y adolescentes.

Por un lado, el sector gremial. Sabe que la realidad de los médicos no es diferente de la de otras profesiones cuando se comparan los sueldos locales con los números que se manejan internacionalmente. Es el juego de oferta y demanda lógico. Por eso, los médicos han ganado capacidad de negociación y lo hacen a sabiendas de que existe cierta presión para los responsables del sistema de salud pública. Apelan a la victimización y promueven los contratos basura que ofrecen otras provincias. Es decir: combaten la precarización en Mendoza, pero la justifican en otras geografías con el silencio cómplice.

De la oposición no se puede esperar otra cosa que la postura cómoda de criticar sin tener en cuenta sus propios antecedentes. El peronismo, que hipotecó la Provincia por prometer lo que no tenía, sigue en la misma sintonía, como cuando era gobierno.

El demarchismo, por haber formado parte de esta gestión y, ahora, se desentiende bajo la excusa de que nadie lo escuchaba.

La tercera pata –tal vez, la principal– es la del Gobierno. Era una crisis que se veía venir y que no supo o no quiso anticipar.

Actuó con una dosis de soberbia y con otra de parsimonia, para conformar un cóctel que tiene gusto a improvisación y falta de planificación.