El presidente ofrecerá este viernes, en un horario inusual para la tradición política argentina, su primer discurso de apertura para las sesiones ordinarias del Congreso de la Nación. No es menor la expectativa que ha sabido crear, ya con ese cambio significativo, pero sobre todo después de un verano cargado de tensiones entre oficialismo y oposición, pero incluso también con aliados, entre ellos, los gobernadores.

Por fuera de las versiones sobre el contenido de su discurso, el Jefe de Estado ha puesto en la agenda cotidiana la cuestión de la economía, pero también la necesidad de una nueva reconversión del Estado nacional. Es esperable que, con el diagnóstico un poco más preciso a tres meses de haber asumido, haga un repaso de lo que se encontró luego de la gestión kirchnerista.

Por ende, si el discurso desnuda hechos graves que merezcan ser investigados de manera detallada como está sucediendo con Anses, entonces será necesario que además del atril se pase al acto de pedir justicia por los canales institucionales, es decir, los tribunales. Esto es, que no se quede en un artificio del discurso o que sólo alimente trolls de Twitter.

La otra cuestión es que se den respuestas a los problemas económicos, que están a la orden del día. De nada nos sirve que se anuncie, con pompa y circunstancia, medidas simbólicas como la eliminación del uso del lenguaje inclusivo en el manejo administrativo de las instituciones del Ejecutivo. Es, básicamente, puro humo. Lo que se necesita es claridad y un camino cierto, al menos para saber hacia dónde vamos y qué exigirá. Hay varios sectores que aguardan mejoras, empezando por los jubilados.

Es probable que, a la vez, el discurso sirva como punto de inflexión en el laboratorio político que está todavía en gestación. El Gobierno viene de perder en el Congreso cuando buscó avales para aprobar la ley ómnibus. Ahora, puede ocurrir lo mismo con el DNU, que contiene cientos de reformas. Es respetable la necesidad de transformación que motiva a esta gestión, pero con el ímpetu y la voluntad no se logra mucho.

En otras palabras, se necesita el consenso más amplio posible para legitimar estos cambios radicales que se pregonan, en lugar del maltrato y el meme que no le sirve a nadie.