En una provincia que busca por todos lados tratar de diversificar su matriz productiva no se puede descuidar lo poco que se ha alcanzado.

El turismo en Mendoza está dando señales de alerta. Descansar solamente en las bondades de las bodegas y en el atractivo que despierta todo lo vinculado con el vino es hacer una lectura incorrecta.

La provincia carece de infraestructura necesaria para explotar todo su potencial y, a pesar del paso del tiempo, nadie se atreve a hacer una revolución en este sentido.

No hay iniciativa. Todo parece apuntar a las grandes ferias internacionales; a un sector de alto poder adquisitivo. Y apostar a que los privados sigan invirtiendo en ese rubro.

Mientras eso ocurre, el turismo masivo muestra todo su deterioro. Rutas estratégicas destruidas, sitios de visitas masivas sin ningún tipo de servicio y hasta geolocalizaciones mal hechas en Google.

En otras palabras, que Mendoza ofrezca ofertas para todos: para los que quieran gastar miles de dólares y para quienes decidan poner sus ahorros en pesos en estas tierras. Y que todos disfruten.