Cuando la única propuesta política para ofrecer es la capacidad de criticar al oponente, entonces, la discusión desciende a sus niveles más bajos. Se pierde el debate y el intercambio de ideas. Y quienes deben votar se dan cuenta de que, finalmente, nadie ofrece una alternativa o un plan concreto de trabajo.
No ocurre solamente en la provincia, donde las redes sociales han potenciado la incontinencia verbal de funcionarios y dirigentes que parecen haber perdido el sentido del ridículo frente a las teorías y postulados que publican.
Porque, cuando la idea es criticar y atacar, se apela a los recursos más insólitos.
En líneas generales, es una particularidad argentina esta de hablar mucho, esconder todo y no decir nada.
Oficialismo y oposición suelen cruzar acusaciones por el modo de administrar un gobierno, por el manejo de las finanzas y las prioridades en las obras públicas. Si se encara un proyecto determinado, pues aparecerán los que dirán que es un gasto inoportuno. Si se apuesta a los espacios verdes, llegarán aquellos que digan que sólo es una medida de maquillaje. En concreto, no surgen alternativas a esas críticas.
Se busca madurez política. Que alguien esté a la altura de las necesidades y de las exigencias de la ciudadanía. No sólo no ocurre, sino que, además, quienes deberían hacerlo están encaramados en una trama mediocre y parecen desentenderse de los reclamos sociales. Viven permanentemente de campaña, sin importar si es o no temporada electoral.
Esa es su especialidad: ver dónde pueden sacar algún rédito. Allí, todo vale. Es la manera de generar un debate de bajo vuelo, sin profundidad, sin análisis. Mucho marketing político y cada vez menos política entendida como la herramienta para el cambio. Y cuando eso pasa, aquellos que están dispuestos y abiertos a escuchar qué programas de gobierno tienen para ofrecerles siempre salen perdiendo.
