Cada tanto hay que recordar que quienes momentáneamente ejercen la conducción política del Poder Ejecutivo no se constituyen en los dueños del Estado.

Son, en una gran y decisiva parte, los administradores ocasionales a quienes el voto de millones ha conferido la posibilidad de conducir y gerenciar los recursos que pertenecen a todos los argentinos. Dicho esto, hay decisiones que son más que discutibles, entre ellas, la compra de un avión presidencial.

Se es oportuno o no en materia de decidir qué es lo más conveniente para un país, aún más si se tiene una aerolínea de bandera. No hay relato que tape el sol y, como se sabe, las necesidades en un país quebrado por la inflación y la pobreza son el punto de partida para todos aquellos que hay que componer.

El remate de esta compra lo sintetiza la maniobra de la nueva joya de la Casa Rosada, que da la pauta del cuidado que debería existir sobre el patrimonio de todos, incluso de aquellos a los que les cuesta parar la olla en el día a día.

Un vuelo innecesario para demostrar, al fin y al cabo, que el poder, muchas veces, está para producir caprichos que cuestan caro.