El Congreso inició el debate por una reforma electoral a medias, la que cambia la lista sábana por la boleta única. Es un debate que muestra posiciones antagónicas y con  varios intereses, puesto que esta modificación a la Ley Electoral tiene que entenderse como una parada previa a las generales del 2023, que configurarán la forma en que  los ciudadanos iremos a votar. En general, el momento de las urnas siempre se vive como una fiesta de la democracia, que no es poco para lo que hemos vivido como  país, pero que todavía tiene muchas mañas y esto hace que los procesos necesiten revisarse, más allá de esta potable iniciativa.

Las zancadillas se ven en el cuarto oscuro, cuando faltan las boletas que otros se roban. Es la estrategia más burda, pero la más utilizada, y la única forma de contrarrestar esta posibilidad para que un elector pueda ejercer su derecho es poner fiscales. Sólo los partidos grandes pueden cubrir esta instancia. En Mendoza, la reforma que se aprobó mantuvo prácticamente la posibilidad de votar el formato tradicional, es decir, un cambio a medias, que sólo favorece a las grandes estructuras.

Peor es lo que sucede antes de entrar al cuarto oscuro, cuando los votos se cambian por bolsones o pequeñas sumas de dinero que no sobreviven ese día. Hoy, en el  seno de los movimientos sociales hay denuncias –pocas, pero hay– sobre los manejos de los fondos para el clientelismo político. De no luchar contra estas prácticas  políticas tan viejas como la injusticia y la desigualdad, los cambios serán sólo maquillaje protocolar y únicamente terminarán favorecidos los grandes espacios.