El ejercicio del voto genera mayorías y minorías políticas, lo que se traduce en el juego entre oficialismo y oposición. En Mendoza, los últimos comicios legislativos dieron  un resultado que terminó haciendo desaparecer a las terceras fuerzas, los bloques conformados por uno o apenas dos legisladores que en otros procesos electorales habían cosechado el apoyo de los ciudadanos.

Esto hace que se dé una situación extraña para lo que es la tradición legislativa, no menos compleja en el equilibrio del poder y por demás sin la diversidad que se había alcanzado en los últimos años, cuando hasta la izquierda había logrado representación. 

Lo cierto es que, para los próximos dos años, la Casa de las Leyes tendrá una predominancia de la alianza que gobierna, con un peronismo que deberá demostrar que está  a la altura, en medio de la crisis nacional y local que sufre. Las razones por las que se vuelve a este bipartidismo son varias.

Algunas tienen que ver con la confianza del mendocino hacia el proyecto que encarna la actual gestión provincial y otras, que llaman la atención, se relacionan con el  fracaso de esas expresiones que tuvieron su chance de llegar al Poder Legislativo, sumando, más que nada por el cansancio hacia los partidos históricos pero,  fundamentalmente, por el voto bronca, la indignación y el descontento temporal de los electores.

Pudieron haber consolidado un proyecto en el tiempo, pero sus errores y contradicciones les quitaron lo que finalmente acredita que estén dentro o fuera de la  Legislatura: el apoyo de los mendocinos. Una lección que puede ser cara para el equilibrio institucional y de la que no están exentos los sellos tradicionales.