El Gobierno parece querer disimular, en la supuesta guerra contra la inflación, el frente interno que tiene desde que el kirchnerismo decidió sacarle respaldo político en el Congreso. El presidente Alberto Fernández ya ha demostrado que no va a romper las relaciones más allá de lo que es evidente. Por eso, todos los funcionarios que responden directamente a Cristina Kirchner continúan en sus puestos y socavando la capacidad que le va a quedando al mandatario para tomar decisiones claras.
No se trata de una mera fractura interna. Es más que eso. Porque hay un sector que dio por terminada la alianza de gobierno y optó por jugar un rol opositor desde dentro, con un condimento especial: mantiene el control de la caja de los organismos más importantes. Y, desde allí, envía mensajes para dejar en claro que el poder de Alberto Fernández siempre fue prestado, desde el día que CFK lo eligió como candidato a presidente.
Ese contexto agrava la crisis económica y social por la que está atravesando el país, ya que no hay registro de la realidad, más allá del golpe duro que da la inflación mes a mes. La pelea política se lleva la agenda de quienes deberían estar ocupados en paliar algunos de los tantos problemas que aquejan y angustian a los argentinos. Todo pasa por mantener en alto un relato que se cae a pedazos a diario, con precios incontrolables, con índices de desempleo y pobreza que asustan y con hechos de inseguridad que se repiten.
Frente a este panorama se hace imposible planificar. El futuro parece desdibujado porque no sólo no existen respuestas, sino que el clima reinante tiene como protagonistas a quienes desean salvarse solos, a cualquier precio.
