No es frecuente en la dirigencia política que alguien asuma por completo que recibe fondos asignados por el Estado por un acuerdo político electoral, por más que quiera destinarlo a luchar contra la desigualdad social. Pero las afirmaciones de Héctor Bonarrico han destapado, tal vez, la forma en la que se relacionan entre fuerzas para buscar algo más que una plataforma de ideas o cierta hegemonía en la Legislatura. Habrá que ver si en la previa del año electoral la situación que ha desencadenado permite confirmar algo más que un cruce de chicanas.

Hay toda una historia negra sobre los mecanismos para encontrar el consenso y que están más allá de las fotos oficiales que transmiten los partidos. Pero es brutalmente evidente cuando los referentes que se presentaron como candidatos en una lista saltan abruptamente a ocupar una banca en la vereda opuesta. Y de igual manera hay una conducta similar en las principales coaliciones. Todos critican la mugre del rival, pero miran al costado cuando se dan cuenta que las uñas propias no están limpias. Es prácticamente una conducta reiterativa que hoy está plasmada en una frase popular: “Ah, pero el de antes era peor…”, como si los pecados de aquel hicieran menor las faltas actuales. No hay transparencia posible, por más que se declame, cuando la política se sienta sobre esta hipocresía.