Los mendocinos definieron quién conducirá la provincia por los próximos cuatro años, en un momento de mayor incertidumbre a nivel nacional, tanto en lo político como en lo económico. En primer lugar hay que señalar que la boleta única de papel en los comicios ha sido un buena experiencia, porque aportó agilidad y descomprimió de colas las escuelas. Es un sistema para seguir mejorando, por supuesto. Con todo, siempre hay lugar para las mañas y trampas de siempre, el clientelismo electoral, que no afloja, y que se vio hasta en la puerta de las escuelas. Por otro lado, la asistencia a las urnas registró el nivel más bajo desde el regreso de la democracia, lo que ya es un síntoma posiblemente del desgaste y el hartazgo de tener una sucesión de elecciones a lo largo de un año en un momento de crisis económica. Esto podría evidenciar a su vez la fatiga social por un modelo que no ha cumplido las expectativas y que ha supuesto una erogación de recursos del Estado, como el sistema PASO. Con todo, esta es la democracia que los mendocinos hemos aprendido a consolidar hasta con sus baches, a poco de cumplirse 40 años de haber recuperado la posibilidad de elegir a nuestros representantes. Esta oportunidad de opinar a través del sufragio no es poca cosa, aunque todavía quede mucho por resolver.