Uno de los debates que habría aportado una instancia superadora en la Cámara de Diputados de la Nación para resolver un problema concreto, los accidentes viales, fue el de alcoholemia cero. Hubiera sido una buena oportunidad para discutir más de un aspecto, no solamente prohibir. Se podrían haber tratado las sanciones y avanzar en la necesidad de generar campañas de educación vial.
Por el contrario, la iniciativa se decidió por el lado más sensible: el del dolor de las vidas perdidas, pero no solucionará lo que pasa en las calles. Incluso en aquellas provincias donde ya rige la tolerancia cero, es un problema su aplicación y las fatalidades siguen ocurriendo. En Mendoza, esta cuestión generó bastante movimiento porque hay una industria tradicional que puede verse afectada; y un amplio sector, el turístico, ofrece a visitantes nacionales y extranjeros la posibilidad de disfrutar de una de las Capitales del Vino del mundo.
Incluso es cuestionable que algunos representantes de esta provincia en la Cámara Baja hayan optado por la salida más fácil, en detrimento de los intereses que deberían defender.
Los problemas que genera el consumo, en este caso, de alcohol, no pueden definirse a la ligera, dejando de lado la educación. Ahí está la verdadera batalla cultural. Y, por supuesto, en controles eficientes. La demagogia no salva vidas.
