A falta de un mes para las Primarias presidenciales, no hay discusión de campaña posible si la inflación no está en la carpeta de los candidatos. Los precios son el real problema que tiene que resolver la política. Si esta cuestión no está en la agenda electoral es porque no se ve la dimensión de lo que ocurre en las góndolas ni tampoco en otras esferas de la economía, como los costos de la salud o, incluso, la educación. Las diferencias abismales que existen entre un año y otro espantan al mejor plantado. Dicho esto, los candidatos que quieran llegar a la Casa Rosada tienen que blanquear cómo planean bajar estos valores.
No por una cuestión política, sino porque atraviesa a la sociedad y la condiciona de manera tal que reduce el nivel de consumo. La espuma electoral o el relato mejor pintado no pueden celebrar que tengamos una diferencia de precios que ya llega a 50% en estos seis meses. O que apenas bajó un punto y estamos en 6%.
No es un nivel aceptable ni cómodo para nadie. Como impuesto que nivela hacia abajo, empobrece la calidad de vida, el consumo y las chances de vivir de manera digna.
