Para aquellos que trabajan en las aulas, también para los papás, que se preocupan por darles a sus chicos algo más que un celular, hay un aspecto de la educación que inquieta
cada vez más. Tiene que ver con la lectura, más precisamente, con la capacidad de los alumnos de interpretar lo que leen. Las estadísticas oficiales han mostrado en los últimos años que ha sido una batalla cultural en la que cada vez nos va peor. Podría ser un problema que sólo importe a los pedagogos, pero, con el tiempo, si esa herramienta de aprendizaje no fue bien incorporada hay todo un universo de cosas que será muy
difícil. ¿Qué pasaría si una persona no puede entender lo que lee en el diario, en la boleta de algún impuesto o en un contrato de alquiler, salvando las distancias? Sin
embargo, la segunda encuesta de fluidez lectora del Gobierno mostró a la par un dato significativo: no se puede dejar de lado. Aquellos estudiantes que mejoraron fue porque no dejaron de asistir a la escuela. Ahí, entonces, hay un esfuerzo que hay que destacar, sobre todo, luego de la pandemia y las discusiones que hubo sobre la presencialidad escolar. Hay algo incontrastable. Es con los chicos en las aulas, definitivamente.
Es con los chicos en las aulas
