Desde hace años, la dirigencia política ha entendido que los partidos tradicionales por sí sólos no bastan para construir poder ni gobernar. Por ello, comenzaron a elaborar una arquitectura electoral que, en algunos casos, fue un castillo de naipes y, en otros, una plataforma más o menos estable, a pesar de las contradicciones e internas. Por eso, los ciudadanos se han ido acostumbrando a más de un globo de ensayo que se suelta para ver si es factible sumar otra base política.

Lo que en teoría puede ser un armado inteligente, que capte votos, en rigor, desde fuera de esa burbuja puede observarse más como un rejunte del “vamos por todo”. En otras palabras, todas estas negociaciones están fuera del radar del ciudadano, más afín al sentido común, por lo que ve cómo aquellos que antes se enfrentaban con uñas y dientes, hoy se dan la mano y van juntos a la par, y puede percibir que lo único que importa es ganar una elección antes que proponer cómo resolver los problemas diarios.

No es una telenovela turca, pero se le asemeja bastante por las idas y vueltas. Todas estas elucubraciones sólo pertenecen al mundo de la política, en tanto que lo que generalmente predomina a nivel de la calle es el desinterés más llano. Lo que importa, finalmente, son los programas de gobierno, que en campaña no se muestran, y cómo terminan afectando a todos.