Plantear una división entre “ellos” y “nosotros”, tal como ocurrió en las últimas horas, encierra las arrogancias del absolutismo. Es sentirse dueño de la verdad y respetar poco y nada el sentir de quienes piensan diferente. Es, en otras palabras, renunciar al diálogo, a la posibilidad del consenso. Se convierte en un constante coqueteo con el totalitarismo y con el fundamentalismo. Y ahí radica el problema: cuando eso sucede, se pierde la capacidad para discernir; se pierde el individualismo en medio de una masa que toma los mensajes de su líder como si fuera un discurso mesiánico.
Está en nosotros, y solamente en nosotros, seguir siendo nosotros. Es una repetición de palabras que vale la pena. Es un juego en el cual “ellos” no tiene cabida. Porque no hay “ellos”. Porque todos, a pesar de las diferencias, debemos ser “nosotros”.
