La mafia maneja el terror a través de mensajes. A lo largo de los últimos diez años, la ciudad de Rosario, uno de los polos culturales y económicos más importantes de Argentina, ha padecido los crímenes violentos de organizaciones delictivas vinculadas al narcotráfico.
En una sociedad argentina dominada por una crisis permanente, el comercio ilícito de sustancias, más la violencia que lo ampara, brutal y desangrante, ha ido minando todas las instituciones. Y cada año, a la par del incremento de los crímenes, se han ido sumando atrocidades de todo tipo sin que el Estado y sus aparatos pudieran frenar esta espiral.
Inocentes han perdido la vida por enfrentamientos en los barrios, incluso hasta han sido escogidos al voleo para transmitir el miedo que se necesita para dominar a una ciudad a los tiros.
En este panorama, los gobiernos se echan la culpa: la Municipalidad se vuelve inútil y reclama a la Provincia, que maneja la policía, mientras la Nación se desentiende. Tampoco es que el problema de Rosario se resuelva de la noche a la mañana inundando cada hueco con las fuerzas armadas. Es un problema aparte que las soluciones queden atadas a los cantos de sirena de la campaña electoral. Mientras tanto, Rosario se desangra y expone a los ojos de los argentinos y del mundo el horror.
