Fueron apenas unas elecciones primarias. Es cierto que, en algunos casos, se dirimía una interna partidaria, y de ahí la importancia. En el resultado final está claro que se confirmaron las tendencias que existían en la previa. Aun así, volvieron a verse las peores prácticas clientelares que, elección tras elección, siguen hiriendo de gravedad a la democracia argentina.
Son escenas que, a pesar de las décadas y décadas, están arraigadas y los aparatos partidarios se niegan a combatir. Compra de votos, traslado de personas hacia las escuelas y, en sintonía con la nueva tecnología, la violación sistemática de la veda electoral en las redes sociales y con mensajes de texto.
Nada de esto tiene que ver con la democracia. Está más ligado a la baja calidad ética de quienes terminan formando parte de una lista que, después, accede a posiciones de poder.
